Cerrado por vacaciones

Las vacaciones siempre han tenido su punto frustrante para mí. Durante las vacaciones de Navidad, pienso que tengo la oportunidad perfecta para ponerme al día con el estudio y empezar a preparar los exámenes de febrero. No solo me engaño cada año, sino que cada vez me doy cuenta de que soy más ilusa, porque no desisto de intentarlo una y otra vez.

Después está Semana Santa. Otra vez hay que sentarse a estudiar, y otra vez me las apaño para hacer algo diametralmente opuesto -sin ir más lejos, este año me fui a esquiar. En esta ocasión no todo es culpa mía. En Galicia siempre tenemos muy buenas primaveras y muy malos veranos, así que sentarse a estudiar en días calurosos y soleados, sabiendo que durarán poco, es impensable.

Este año, para las vacaciones de verano tenía pensado hacer mucho el vago, olvidar todo lo que había estudiado y pasármelo muy bien. Esto sí que se me da bien; si hubiera una categoría así en las Olimpiadas, ganaría la medalla de plata. No es propio de mí conformarme con el segundo puesto, sobre todo teniendo en cuenta lo fácil que sería ganar puntos, pero he decidido que el sacrificio vale la pena en esta ocasión.



Entre playa y playa y antes de la siguiente fiesta fui haciendo un vídeo porque, si hay algo que me gusta recordar de un sitio, además del propio sitio, es la banda sonora. No es lo mismo mirar una foto de cuando era pequeña y fuimos a Alicante a la playa que escuchar la canción de "la Mayonesa" -la que aparecía en el CD de Caribe mix- y recordar como la bailábamos mi hermana y yo, sentadas en el coche muertas de calor después de las horas de viaje. Lo mejor es un vídeo: con las ventajas de las fotos y de la música, y con tiempo limitado para no pasar de una "melancolía bucólica" a una "melancolía depresiva". 

Au revoir Montreal


Ha llegado el momento de despedirse de Montreal. Todavía no he decido si es por suerte o por desgracia, así que os dejo con una canción un poco triste que habla de una historia que termina, porque mis padres ya están lo suficiente contentos de que vuelva a casa y hace falta la nota melancólica para no faltar al cliché. Esta mañana tenía tres horas descolgadas antes de ir al aeropuerto en las que no me quedaba nada por hacer, así que decidí darme un último paseo por el centro. Mientras caminaba, me iba dando cuenta de todas las cosas que me gustan y que no me gustan de esta ciudad, las que echaré de menos y las que no.  Voy a echar de menos...

... Mucho: las baldosas lisas, sin dibujos, porque por estas aceras lisas que tienen en Montreal es mucho más fácil andar con tacones.

... Mucho: la gente que canta por la calle. Incluso cuando tienes un mal día, te hace mucha gracia ver a la gente tan metida en sus pensamientos que ni siquiera se oye a sí misma berrear en medio del tráfico.

... Poco: el viento en los túneles del metro. No sé como es posible, pero el viento artificial que se forma en el metro siempre es agobiante después del aire acondicionado de los centros comerciales.

... Mucho: el partido de croquet que los indios juegan todos los días alrededor de las 17:00 en el patio de un instituto. Siempre los veía jugar a través de la valla y aminoraba el ritmo a propósito, porque como no sé nada de croquet, para mí es un misterio eso de que se pasen unos a otros la pelota, la golpeen con un palo, echen a correr... Es una especie de baseball, supongo.

... Mucho: estar en la cola del supermercado con un chico delante que habla árabe por teléfono, una chica detrás que habla chino con su amiga, el cajero que te habla en francés y tú que respondes en spanglish. Hay tantas culturas diferentes juntas en Montreal que no te sientes demasiado extranjero.

... Mucho: las ardillas en los árboles al lado de la residencia, tan acostumbradas a la gente que ni siquiera escapan.

... Poco: el mapache que me encontré revolviendo en la basura una noche que volvía tarde a la residencia.

... Poco: el peligro de ser atropellada no solo por los coches, sino también por las bicicletas que, cuesta abajo, alcanzan velocidades vertiginosas -de hecho, a veces ponen multas a los ciclistas por exceso de velocidad.

... Ni mucho ni poco: sentir que tu estómago empieza a pedir la cena, mirar el reloj y ver que son las 18:30.

... Mucho: los camareros en los restaurantes, que vienen un poco después de servirte, te rellenan el vaso de agua y te preguntan si todo está bien y si te gusta la comida.

... Poco: los camareros que te preguntan inocentemente cuánto quieres de cambio y los que, cuando eres cutre con la propina, te miran con mala cara y susurran entre dientes que "la propina suele ser el 15%".

... Mucho: la gente que se pone pacíficamente en la cola del bus, sin que ni siquiera las señoras mayores se cuelen, al contrario que en cierto sitio que no voy a mencionar -porque los habitantes de Santiago se sentirían aludidos- en que las señoras mayores, y no tan mayores, le echan mucho morro cuando se trata de esperar al bus los días lluviosos.

... Mucho: la wifi gratis en todas partes: cafeterías, tiendas, calles, centros comerciales... Incluso los autobuses, tanto urbanos como interurbanos.

... Poco: la wifi del centro comercial Alexis Nihon, que no me deja entrar en mi propio blog porque dice que es una página web ilegal...

... Mucho: la señal al lado de mi residencia, que pide silencio por ser una zona residencial.

... Mucho: el sistema de reciclaje. Todo lo que se pueda reciclar se echa en un cubo y, lo que no, en otro. Luego ya se encargan de separarlo -así no te tienes que romper la cabeza con quince cubos diferentes en la cocina, pensando en si tienes que tirar algo al contenedor azul o amarillo.

... Mucho: los tíos buenos que salen del gimnasio que hay al lado de mi residencia sin camiseta. Y poco: los que lo hacen, pero deberían pasar más horas en el gimnasio antes.

... Mucho: la poutine y las queue de castor. Y  poco: la sensación después de comer una poutine o unas queue de castor.

... Poco: las guías de los museos y casi cualquier otro sitio cerrado o con mucha gente, porque lo primero que hacen es indicarte donde están las salidas de emergencia.

... Mucho: las barras verticales blancas, rojas y azules girando en las puertas de las barberías y peluquerías.

... Mucho: poder ir de excursión al monte, en pleno centro de la ciudad.

... Mucho: las torres que, si no lo son, poco les falta para llegar a rascacielos.

... Mucho: el efecto Phineas & Ferb. ¡Siempre hay algo que hacer en Montreal!

... Mucho: el ice capuchino del Tim Hortons.

... Mucho: la limonada del Tim Hortons.

... Mucho: los bagels de sésamo del Tim Hortons.

... Muchísimo -ya se nota-: el Tim Hortons.

... Poco: las farmacias que también venden paraguas -el Pharmprix- y los todo a cien que también venden patatas fritas, zumos y comida en conserva -el Dollarama. No hay ninguna razón en especial, pero me generan desconfianza.

... Mucho: la gente, que es casi siempre muy amable.

... Mucho: los rollos de masa que se compran en el súper, se cortan en rodajas, se meten en el horno y se convierten en cookies. Yo no los probé, porque una chica de la residencia hacía unas pocas todas las tardes y olían tan bien que me daba miedo engancharme yo también.

... Mucho: la tarta de zanahoria que se queda en Montreal, mientras que yo me traigo un par -o tres- kilos de más, y no precisamente en el equipaje.

... Mucho: los monjes budistas -al menos, son hombres calvos vestidos como fueran monjes budistas- que cenan en el McDonald's; te hace pensar que si hasta ellos pueden, no pasa nada si un día caes en la tentación de una McBistro -pan "artesano", pollo a la plancha sin rebozar, champiñones y queso fetta, junto con la sensación de hacer algo que no deberías... Cualquiera diría que si me pongo así por una hamburguesa, mejor no pensar en como estaría si atracara un banco.

... Mucho: pasear de noche en pantalón y manga corta.

... Poco: las zapaterías y otras tiendas. Es muy difícil resistirse a la tentación de comprar ropa hasta que la tarjeta de crédito pida papas.

... Mucho: la Rue Ste. Catherine, el boulevard de Maisonneuve y Avenue de McGill.

... Poco: cuando dices que eres española y te responden "¡Paela! ¡Tortila!" y luego se ríen como si fuera lo más gracioso del planeta.

... Mucho: esas calles tan largas que tienen su propia línea de autobús o metro -la 144 para Avenue des Pins, la verde para Rue Ste Catherine...

... Poco: cuando alguien no saca la basura en el momento y/o lugar apropiado. Simplemente la dejan ahí hasta que es el día de la recogida y le ponen una pegatina a las bolsas "echando la bronca" al dueño.

... Mucho: J walking. Me hace mucha gracia que tengan una palabra especialmente para decir "cruzar cuando está prohibido", pero aquí es tan común que supongo que la necesitan. No sé en que momento se les pasó por la cabeza que cruzar una calle de cuatro carriles cuando está prohibido puede ser medianamente normal, pero al final todo es cuestión de costumbre.

... Algunas veces mucho y otras poco: calcular los metros -o quilómetros- que quedan para llegar según el número de las casas, que indican la distancia en metros hasta el principio de la calle. Esto algunas veces anima y otras desmoraliza.


Así que con este sabor agridulce que dejan los hasta pronto -no digo adiós, porque estoy segura de que volveré en algún momento-, os dejo una foto que se me venía ayer a la mente cuando anoche caminaba de vuelta a casa para hacer la maleta, porque cuando la saqué me pareció que el sol se estaba despidiendo de la ciudad.







El efecto Phineas & Ferb

Cuando estuve en casa de Susan el primer fin de semana que pasé en Canada, sus hermanos pequeños preguntaron durante el desayuno que iban a hacer ese día. Empezaron a hablar de alternativas: ir de excursión, al cine, etc. Al final, decidieron ir al museo. A mí me pareció un poco raro, pero tampoco le di mucha importancia. Ahora sé que la mayoría de la gente aquí padece este mismo síndrome, que yo llamo el "efecto Phineas & Ferb". Es inconcebible pasar el sábado o el domingo por la tarde en casa; hay que buscar algo que hacer, como sea. Aquí tenéis un vídeo para amenizar la entrada y, de paso, conocer a estos dos personajes, si es que no os suenan:



Así que, para despedirme de la ciudad, hice una de las pocas cosas que aún no había probado pero que también es muy típico aquí: alquilé una bicicleta. En Montreal hay carril bici en muchas calles. Además, es una ciudad muy plana, así que se usa mucho la bici. Hay quien tiene la suya propia, pero mucha gente también las utiliza de alquiler. Existe un servicio, llamado bixi, que te permite empezar en un sitio y terminar en otro distinto. Funciona como un autoservicio: llegas, metes la tarjeta de crédito, retiras tu bici y luego la vuelves a colocar en la "estación" que quieras. La primera media hora es gratis, pero luego, a medida que se van sumando las medias horas, el precio va subiendo. Por eso, este servicio está muy bien para cortas distancias. Sin embargo, si tenemos pensado dar una vuelta más larga, existen numerosas tiendas donde se pueden alquilar bicicletas por media jornada, una jornada, 24 h, 72 h, etc. Existen muchas y los precios son prácticamente iguales, así que, a la hora de elegir, lo mejor es guiarse por la ubicación, para que sea lo más cómodo posible recogerla y entregarla más tarde. 

Yo hoy cogí el metro, fui hasta el mercado Atwater que, sorprendentemente, creo que es bastante parecido al de Santiago, y alquilé allí mismo una bicicleta. Dándole a los pedales en mi mega-chachi aparato de paseo, con lucecitas para señalar mi posición y el manillar alto para poder ir sentada y no tener que inclinarme, recorrí el parque que discurre paralelo al canal Lachine. Esta zona fue, originalmente, la piedra angular del comercio de pieles de la ciudad y, más tarde, aquí se asentó la zona industrial de la ciudad. Como tal, no es que sea el lugar más turístico ni más bonito de Montreal, pero el paseo es agradable. Si se continúa hasta el final del circuito se dejan atrás las naves y aparece una zona residencial de casas bajas, aceras anchas y jardines cuidados delante de la puerta. Parece un buen sitio para vivir. 

Había mucha gente que iba allí de paseo, ya sea caminando, en bici o patinando. Otros meditaban en la hierba, jugaban con sus perros, alquilaban canoas... Incluso vi una fiesta en un barco y una hamaca entre dos árboles que, si llego a saber que existía unos días antes, hubiera visitado más de una vez para una buena siesta.

En total, según la guía son 14 km. Al terminar no me sentí como su hubiera recorrido 28 km, así que, o bien hice algo mal, o bien la caminata de ayer por el Mont Royal me puso milagrosamente en forma, o bien los 14 km incluyen la ida y la vuelta.

Mont Royal

Este sábado Emily ya cogía el avión de vuelta a casa, así que el viernes fuimos a celebrarlo. Después de un buen pedazo de tarta, a la altura de la situación -ya era demasiado tarde, pero decidimos que si volvíamos a Montreal haríamos un tour para probar todas las tartas de la ciudad- bailamos hasta tarde. Por lo tanto, es de entender que a la mañana siguiente me levantara con calma, pasara directamente del desayuno a la comida y me dedicara básicamente a caminar media zombi hacia la calle en la que tengo internet y perdiera el tiempo un poco. 

Sin embargo, por la tarde, una vez que recuperé las fuerzas, agarré la cámara de fotos, la gorra y la mochila y fui a dar un paseo por Mont Royal. Cuando te encuentras en pleno centro, sobre todo en la ancha avenida McGill, y miras hacia arriba, ves que los altos edificios se interrumpen de repente a los pies de una gran montaña a la que parece que le han cortado la cumbre. Cuando miro hacia Mont Royal, me parece más bien una meseta que una montaña, aunque con una altura que no es nada desdeñable, porque después de subir y bajar, además de echar en falta un buen calzado deportivo, necesité una cena contundente y unas cuantas horas de sueño para sentir que mis piernas podían sostenerme de nuevo sin riesgo de caer al suelo.  

En las faldas de Mont Royal se extiende un parque diseñado por Frederik Law Olmsted, el arquitecto de exteriores que también diseñó el Central Park de Nueva York. Este parque, inaugurado en 1876, es un sitio muy popular entre los ciudadanos de Montreal. Mucha gente viene a hacer deporte o a pasar el rato y, al lado de Avenue du Parc los domingos hay conciertos de tam-tam. En el laboratorio había dos aficionados al esquí de fondo que, en invierno, cogían unos esquís y venían de excursión. Si uno se aleja de los caminos preparados y se decide a subir a la cima, se encuentra con que es una zona escarpada. Algunas zonas no son accesibles porque están reservadas como espacio protegido para ciertas especies de pájaros. 

El chalet Mont Royal es un impresionante edificio que por dentro está casi vacío, de forma que se pueden observar los murales de las altas paredes que relatan la historia de Montreal. Desde la terraza se observa una impresionante vista de la ciudad con las torres, el río y las islas. 

En lo alto del monte se puede apreciar, si estás lo suficientemente lejos, una cruz construida a principios del s. XX que conmemora el día 6 de enero de 1643, cuando el señor de Maisonneuve -el fundador de Montreal-, cumplió su promesa de llevar una cruz de madera hasta lo alto de la montaña si la ciudad sobrevivía a una inundación. 

Hacia la ladera norte se encuentran los cementerios de Mount Royal y de Notre-Dame-des-Neiges. El primero es el más antiguo -de hecho, uno de los más antiguos de Norteamérica. El segundo es el más actual. Según mi guía, en estos cementerios se pueden ver más de 145 especies de pájaros, así como árboles centenarios. Tampoco pude el oratorio de St. Joseph, que destaca por su gran cúpula -solo la de la basílica de San Pedro, en Roma, es más alta que ella. Por las fotos que vi, hubiera sido interesante acercarse hasta allí, pero creo que quedará para el siguiente viaje a Canada. 

De vuelta a la civilización, solo me quedaron energías para comer y dormir. Un consejo por si alguien se decide a darse una vuelta por allí: se disfruta muchísimo más con calzado deportivo, ropa fresca y agua. Yo llevaba un botellín que enseguida se calentó -como envidio en esos momentos las cantimploras que todo el mundo tiene por aquí- y unas chanclas como las de la playa. Para subir no hubo ningún problema, pero bajar se me hizo cuesta arriba. 

Comer en Quebec


Esta semana es un poco extraña; después de casi un mes aquí, tengo que pensar en empezar a despedirme de la gente, devolver tarjetas de identificación y llaves, recoger fianzas y no comprar comida que no me vaya a dar tiempo de terminar. Así que, al final, tocará comer en restaurantes. Sin embargo, esto nunca está de más: en algún momento hay que conocer la gastronomía de la zona.

Para empezar bien el día hay que tomar un buen desayuno. Ya sabéis que lo del brunch aquí se lleva mucho; si os acordáis, el sábado pasado Emily y yo probamos el Eggspectations y estuvo genial. Sin embargo, durante la semana es mejor empezar con un café y un bollo. El rey de la bollería en Montreal –y supongo que también en todo Quebec- es el bagel. Vale para todo: desayuno, comida y merienda. Hoy en el laboratorio los probé con queso crema y salmón ahumado y han entrado en el top ten de mi lista de comidas. A mí me gustan los que llevan semillas de sésamo; son ligeros pero con una chispa. Dicen que en FairmountBagel hacen los mejores bagels de todo Montreal. Como yo no he probado los bagels de todo Montreal no puedo confirmarlo, pero sí que están buenos.  

En el laboratorio bastante pronto, así que puedo cenar temprano y tomar algo ligero más adelante. Pero a veces también está la opción de tomar una suculenta merienda, como ocurrió la semana pasada. Como no era ni tarde ni temprano, Emiliy y yo fuimos a dar una vuelta y, de paso, nos dirijimos a la Rue de la Commune, que discurre paralela al puerto. Allí comimos una “cola de castor” –Beaver Tail o Queue de Castor, según con quien hables- con sirope de arce, en un sitio que podría definirse como el McDonald’s de las beaver tails y que, de hecho se llama exactamente así: Beaver Tails pastry. Se trata de una masa parecida a las de las orejas de carnaval, que se fríe y queda con una forma que recuerda a las colas de castor, de ahí el nombre. El sirope de arce es bastante dulce y, como en estos sitios tampoco sirven el de mejor calidad, resultó más bien empalagoso. De toda formas, había que probarlo y, de hecho, el jueves también nos encontramos en una situación parecida y fuimos a por otra, pero esta vez con helado y migas de oreo por encima; esta vez también terminamos sudando azúcar, pero estaba espectacular.



Pero si hemos tenido un día duro y queremos recuperar fuerzas con una cena en condiciones, con platos y cubiertos, nos vamos de restaurante. Montreal tiene tantas variedades de restaurantes como de culturas, por lo que podemos elegir entre restaurantes chinos, mexicanos, tibetanos, vegetarianos, indios, etc. Pero es imprescindible probar el plato típico de Quebec: la poutine. Esta consiste en patatas fritas acompañadas de salsas, quesos, verduras, carne, etc. Si se compra una poutine para llevar en cualquier sitio, hay que tener cuidado si no quieres terminar empachado, porque es una comida bastante pesada. A mí me gustó Poutine Ville, un restaurante en el que puedes elegir la poutine a tu gusto: decides que salsas, quesos y demás acompañantes quieres para las patatas.

Y después de esta cena, un paseo para hacer la digestión, una copa en cualquier bar –en Montreal hay un montón de buenos sitios donde tomar algo por la noche- y nada más, porque hay que hacer sitio para el bagel de mañana.