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El síndrome post-erasmus

Un año -un año y 12 días, para ser exactos- después de subirme a un avión con destino Alemania acompañada de dos grandes maletas, una mochila y una gran bolsa de viaje, cerrar el año de Erasmus con una entrada en el blog parece que roza el ridículo. Me senté ante la página en blanco con la intención de hacer un resumen que explicara que la poca cantidad de entradas, de fotos y de visitas a casa se debe a la gran cantidad de experiencias y buenos momentos que he pasado. Sin embargo, después de media hora no había escrito una sola palabra, y no solamente por la falta de práctica -que también. ¿Por dónde empezar? 377 días -muchos buenos y otros no tan buenos- no caben en una entrada de blog, por muchos caracteres que tenga a mi disposición. Empezar por el principio no funcionaba -aquel día más de un año atrás pertenece en mi biografía al lejanísimo capítulo de “antes de Alemania”- así que empecé por el final.

El grajo vuela rozando el suelo en Tübingen

Algo grave ocurre últimamente. Es una sensación indescriptible y espeluznante, que pone la piel de gallina. Atraviesa la ropa, la piel y se cuela hasta los huesos, paralizando por completo. Las articulaciones se bloquean y se pierde la capacidad de razonar; los pensamientos son borrosos y fluyen lentamente, como si la mente estuviera nublada. Es imposible dejarla atrás, te acompaña desde el primer momento en que abres los ojos por la mañana hasta que por fin caes dormido por la noche, a donde quiera que vayas, como si fuera tu sombra. Está en boca de todos, no se habla de otra cosa; incluso escriben sobre ello en el periódico. Aquí la llaman saukalt o, lo que es lo mismo, un "frío que pela". 


(Neckarbrücke de noche, es decir, cualquier hora a partir de las siete de la tarde en diciembre)


Vacaciones "en casa"

Como ya comenté -de pasada- en la entrada sobre Freiburg, las vacaciones en la Universidad de Tübingen son muy -no diré que demasiado, porque demasiado nunca es suficiente para unas vacaciones- largas. De la noche a la mañana, la ciudad se vació de estudiantes. Incluso los americanos, que queman dos días con el viaje de ida y otros tantos con el de vuelta, decidieron regresar a sus casas. Aquí nos quedamos algunos especímenes extraños dedicándonos a trabajos, viajes cortos por los alrededores o, como en mi caso, cursos para mejorar el alemán. Aunque el curso fue muy efectivo -ahora ya no suena tanto a chino, sino más bien a ruso- al final sentía una necesidad imperiosa de volver a mi casa, mi habitación y mi cama, con cocina propia, platos del mismo tamaño y cubiertos de la misma vajilla y -lo mejor de todo- la cocina de mi madre. 

Vacaciones de Navidad

Ya comenté hace tiempo -más del que puedo reconocer sin avergonzarme- que yo hago de perder cosas un deporte de élite y, tras muchos años de práctica, he adquirido la costumbre de esperar hasta que regrese lo que tenga que regresar. Así que, por fin, a finales del año pasado apareció la tarjeta donde tenía guardadas las fotos. Pero como me gusta vivir al límite, en vez de vaciarla inmediatamente, la metí inmediatamente en la cámara y la seguí llenando con nuevas fotos de estas vacaciones hasta dejarla a rebosar. Y es que en vez de viajar yo a casa, estas Navidades mi casa viajó a mí y, no contentos con ello, nos quedamos en Tübingen apenas lo suficiente para dar un paseo por la zona antigua. 

Sin título

i-Klic


Me imagino que si yo fuera famosa llevaría una vida muy aburrida. Tantas pasarelas, festivales, fiestas guays, ir de compras para esas fiestas guays, etc. Al final ya nada podría sorprenderme. En cambio, cuando eres estudiante esto no ocurre. La gran novedad de estos últimos tres días es que empecé una clase nueva y ha sido suficiente para romper la rutina. 


(Estos son estudiantes de la Universidad de Tübingen, aunque no de medicina)

En Tübingen, particularmente en la facultad de medicina, hay diferentes tipos de clases: clases magistrales (Vorlesungen), prácticas (Praktikum), "talleres" -por llamarles de alguna forma- para aprender a examinar al paciente (Untersuchung-Kurs) y, además, los i-Klic. No sé a qué corresponde esta abreviatura -porque no me creo que una palabra completa en alemán tenga solo 6 letras- pero, en resumidas cuentas, se trata de una clase con menos alumnos de lo normal en la que se revisan casos clínicos. Ayer tuve mi primer i-Klic de ortopedia, hoy tuve el segundo y mañana tendré el tercero. No más i-Klics de ortopedia el resto de mi vida.

Esta es una de las características -todavía no sé si buena o mala- de como están organizadas las clases en Tübingen: solo utilizan el tiempo que necesitan. Da la sensación de que se han sentado, han escrito una lista de las cosas que tenemos que aprender, han cronometrado el tiempo que les hace falta y lo han puesto en mi horario. Así que, por suerte, en 3 días hacemos una revisión de toda la materia de ortopedia a través de casos clínicos. Sin embargo, como soy estudiante y esta vida nos depara una sorpresa tras otra -no como a los pobres de los famosos-  hay una desventaja que aporta emoción al asunto. Ya que solo se necesitan dos semanas de clases (Vorlesungen) de ortopedia para aprender la materia en profundidad, tendré que ir muy al día, porque solo tres días después de la última sesión tendré que (espero) aprobar el examen. 

Otra particularidad de la Universidad de Tübingen es que hay que inscribirse manualmente, a través del sistema online de la Universidad, en las Vorlesungen, en los seminarios e incluso en los exámenes por separado. Los estudiantes de medicina somos aquí -como en todas partes- especiales, por lo que tenemos nuestro propio sistema informático -no porque seamos más tontos, sino porque podemos con dos sistemas informáticos a la vez- y, además, es el Decanato el que nos inscribe automáticamente en las diferentes partes de una asignatura, de forma que nosotros solo tenemos que preocuparnos de desinscribirnos si, por ejemplo, no queremos presentarnos a una prueba. Aunque no estoy muy segura, creo que esta es la razón de un curioso fenómeno que vengo observando desde que llegué cada vez que conozco a un estudiante alemán: es muy raro que alguien estudie solamente una carrera. Todos -excepto los estudiantes de medicina, porque somos especiales- hacen al mismo tiempo "magisterio" y "lengua inglesa", "periodismo" y "alemán", "económicas" y "bellas artes", "derecho" y "domador de circo"... 

Esta será una entrada aburrida para muchos; útil para algún valiente despistado con ganas de marcha que esté pensando estudiar un año en Alemania; puede que sorprendente para aquellos que lleven una vida aún más rutinaria que la del estudiante, y definitivamente lo más aburrido del mundo para un famoso (que, si se ha pasado por aquí y ha llegado hasta el final, debería autografiarme el post en un comentario). En cualquier caso, para compensar os dejo el exitazo que sonó hoy por la radio mientras lavaba la loza -y es que cualquier canción es un exitazo cuando tienes ante ti una montaña de platos sucios, pero esta, si cabe, lo es más. 

Copias de seguridad


La canción es de Slumdog Millionaire; básicamente me gusta mucho, pero además va bien con el tema de esta entrada; su segundo nombre -el de la canción y, ya que estamos, también el de la entrada- es You are my destiny.

Algo pasó. Algo que sabía que pasaría en algún momento, porque es mi destino, pero había estado evitándolo lo máximo posible. Sin embargo, al final he bajado la guardia apenas un instante, lo suficiente para que ocurriera. He perdido las fotos. 

Tenía el plan de escribir hoy sobre la excursión que hicimos al Bodensee (Lago Constanza). Todo era idílico y de color rosa chicle -a veces, incluso rosa pastel-. El sol brillaba cada mañana, solo le faltan los últimos retoques al texto, las fotos estaban preparadas y, además, tenía una pequeña sorpresa. Pero hoy por la mañana me desperté con el ruido de la lluvia, me temí lo peor y lo peor ha ocurrido. No encuentro ni las fotos originales, ni las fotos editadas -probablemente porque estaban dentro de la misma carpeta- ni la copia de seguridad que tenía de ambas. Llevo toda la mañana saltando entre dos flashbacks: cuando en primero perdí los apuntes de todo un mes -así fue como aprendí a hacer copias de seguridad-, y cuando en segundo perdí otra vez los apuntes porque perdí la copia de seguridad -y así fue como aprendí que no es buena pasearse por la facultad con una memoria USB que contiene la mitad de tu carrera universitaria. Ahora no tengo más remedio que aplicar una técnica que he desarrollado y depurado tras muchos años perdiendo cosas: esperar a que aparezcan solas. Si ellas mismas pueden perderse sin mi ayuda -porque en esta ocasión estoy convencida de que fui ordenada y guardé cada cosa en su sitio- entonces lo más lógico es que sean ellas las que aparezcan solas de nuevo, sin mi ayuda. Así funcionó, por ejemplo, hace dos semanas, con una zapatilla que finalmente apareció enganchada al velcro del puño en mi cazadora de los fines de semana. 

Hay quien piensa que esta actitud es un poco despreocupada, pero yo prefiero creer que soy optimista y no malgasto el tiempo en asuntos que cuya única solución es esperar -por mucho que me enfade. Así que, dejando atrás el dramatismo, no todo está perdido, porque aún tengo una (pequeña) novedad: Mr. Gallerino. Como una imagen (a veces) vale más que mil palabras, mejor no lo cuento; lo enlazo. Iré subiendo poco a poco las fotografías de los posts anteriores, a medida que las tenga listas. De momento ya se pueden ver las "fotografías que jamás antes habían visto la luz" del día en Stuttgart. 


Primeras prácticas en Tübingen

No sé si por suerte -porque algo mejor está por venir- o por desgracia, pero ya quedaron atrás las primeras dos semanas de clase. En menos de lo que tardé en asimilarlo, la Universidad de Tübingen me lanzó a una piscina para enseñarme a nadar -y el agua estaba helada. Menos mal que hasta ahora me mantuve a flote, aunque algunos días más cómodamente que otros. 

Un cálido viernes, dos semanas atrás -en ese momento me parecía que hacía frío, pero en realidad todavía no había empezado a nevar-, los erasmus de medicina tuvimos una reunión con la coordinadora. Nos dieron el horario y empecé a sorprenderme en el mismo momento en que vi que ya empezaba con prácticas de cirugía el lunes siguiente. Intenté disfrutar del fin de semana libre -fiesta, desenpolvar la bata, hacer el vago, fiesta otra vez- pero aun así se me hizo demasiado abrupta la despedida de las vacaciones. 

Desde el mismo lunes, el despertador empezó a sonar a las 06:00, a las 06:20 cogía la bicicleta, a las 06:26 conseguía despertarme entre el frío de la mañana y la luz del semáforo directamente en mi cara, a las 06:36 subía en el autobús y a las 07:00 empezaba a pasar visita a los pacientes de la clínica de accidentes -en este punto todavía no había terminado de sorprenderme, en primer lugar porque aquí tienen un hospital especial para patosos y gafes, y en segundo lugar porque incluso cuando uno está ingresado y necesita "reposo absoluto" lo despiertan a horas intempestivas para que cinco batas blancas examinen su rodilla. Afortunadamente, la segunda semana de prácticas fue totalmente relajada: la mitad de los días no tuve que estar en el hospital hasta las 08:00 de la mañana. Estuve en la planta privada de cirugía general, que es como la clase business de los aviones para los que tienen un seguro privado: menos pasajeros y más espacio en los asientos, pero al fin y al cabo el piloto, el avión y el punto de salida y llegada son los mismos. 

Lo que pasó entre las intempestivas horas en que me ponía la bata y las -no tan intempestivas- horas en que me la quitaba me lo guardo para mí. De esta forma, parezco más profesional -por aquello de guardar el secreto médico- y nadie se entera de que, con esto del alemán, estaba más perdida que un erasmus en sus primeros días de clase. En líneas generales, aquí los estudiantes de prácticas tienen muchas más autonomía y trabajan mucho más por su cuenta. El objetivo de las prácticas no es ver lo que hemos leído en los libres, porque para eso ya tienen el año entero de prácticas al final de la carrera, sino que se trataba de "ser" médicos durante unos días: visité pacientes y los examiné, escribí historias clínicas, presenté un caso, coloqué una escayola -a una compañera, afortunadamente para los pacientes y desafortunadamente para ella-, aprendí a coser de tres formas diferentes y a hacer nudos, fui a quirófano, endoscopias, consultas...

Al principio me sentía un poco fuera de lugar -¿cómo es posible que unos simples estudiantes deban examinar solos al paciente?¿y si le hacemos daño?- porque, sinceramente, hacía tiempo que calculaba nivel de exigencia de las asignaturas como el número de páginas que entraban en el examen partido por el tiempo que tenía para metérmelas entre pecho y espalda. Sin embargo, al final mi cerebro despertó y disfruté como un estudiante de medicina que se pone la bata por primera vez. Wunderbar!

Domingo en el mercado

Este fin de semana hubo un mercado internacional en Tübingen. Desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la tarde el casco antiguo de la ciudad se llenó de puestos con toldos de muchos colores. Durante el mes de septiembre me quedé, de forma provisional, en un piso en pleno centro de Tübingen, por lo que tenía una situación privilegiada para disfrutar del mercado. Tanto el sábado como el domingo, lo primero que hice tras levantarme fue abrir la ventana; a veces se escuchaba alguien cantando música acompañado solo por una guitarra, y otras llegaba hasta la habitación el olor de unas crêpes o de pasta recién hecha. Aunque tenía examen el lunes, aprovechando el buen tiempo que hacía cogí mi cámara y salí a disfrutar de la ciudad, antes de que empezara lo serio. 



Un poco cansada de tanta gente, continué caminando por callejuelas adoquinadas, estrechas y retorcidas que subían y bajaban, hasta que llegué a una plaza muy tranquila donde la gente paseaba, los mayores se sentaban en los bancos a charlar, los niños jugaban y los turistas como yo sacaban fotos a todo como si nunca antes hubiéramos visto un árbol, una casa o un banco. Me encontraba en ese momento -aunque yo todavía no lo sabía- entre un edificio llamado die Bourse y Hölderlimturm, la casa del escritor alemán Hölderlim. Desde ahí se puede ver un poco del río Neckar y el paseo llamado Platane Allée, que en realidad es una isla alargada, paralela al Neckar, totalmente peatonal a la que se  puede acceder por sendos puentes en cada uno de sus extremos. 

Atravesando la plaza me encontré de nuevo en una zona conocida. Al parecer, había caminado en círculo y estaba muy cerca de casa otra vez. Lo que en un día normal me hubiera llevado dos minutos, ese día me llevó diez veces más, porque había tanta gente que era imposible avanzar y, cuando podía caminar un poco, veía un nuevo puesto con más cosas nuevas que curiosear -en su mayor parte comida internacional, francesa e italiana sobre todo. Al final no me resistí a cenar una Flammkuchen -una especie de pizza tradicional de la región- en uno de los puestos que había al pie de la Stiftkirche -podría decirse que es la "iglesia principal" de Tübingen.

Después de este paseo tan corto -porque en realidad fueron pocos metros- pero largo -porque caminé tan lentamente que me pasé horas en la calle-, me acordé del libro de alemán que había dejado abandonado unas horas antes y volví a estudiar un poco más, todavía con la ventana abierta.

Nada más salir del edificio, hacia la derecha me encontré un mimo a la puertas de Markplatz, la plaza del Ayuntamiento. Como casi todos los edificios antiguos aquí en Alemania, no están decorados como es habitual en Santiago, con grabados en la piedra y esculturas, sino que las paredes están pintadas con pintura de colores. En el medio de la plaza hay una famosa fuente que estaba rodeada de una multitud de puestos de flores y verduras de tantos colores que, aunque en condiciones normales domina la plaza, ese día daba la sensación de que la habían encogido por la noche.

Por fin instalada

Empieza hoy la última semana del curso de alemán, al igual que -espero- mi última semana de "adaptación". Ya estoy en mi casa nueva -la definitiva-, con mis nuevos compañeros de piso -los definitivos- que son -espero que definitivamente- muy simpáticos. 



Por fin tengo internet y espero poder escribir regularmente como hacía en Canada. Tübingen es una ciudad en la que, aunque no lo parezca a simple vista, existen muchos contrastes. En primer lugar, se encuentra gente muy conservadora, que vive en fraternidades, casas antiguas de aspecto señorial que se agrupan en una colina como si nos vigilaran a la plebe. Por otro lado, están los alternativos que viven en el medio del caos, grafitis y cerveza pero son felices. En el medio me encuentro yo, que soy una "friki" adicta a internet, como un pez fuera del agua. En las residencias no hay wifi, sino que para internet es necesario utilizar un cable. Además, todo funciona con papel: nada de matrículas electrónicas, etc. Para matricularse hay que ir a una oficina con un papel, allí te dan otro papel rosa y te cuñan el anterior. Luego hay que ir a pagar en mano, donde te dan otro papel. Finalmente, puedes ir a entregar esos papeles, rellenar algunos más y cuñar todo a otra oficina diferente. Por último, tienes que esperar a que te lleguen tres cartas diferentes: una con tus contraseñas para acceder a la wifi que hay en la biblioteca, otra con unos cartoncillos que sirven para los descuentos del transporte público, los deportes, etc. y otra con tu carnet de estudiante. Así que con tantas idas y venidas, y después de recordar como era eso de escribir con un bolígrafo, que después de este verano casi se me había olvidado, por fin estoy conectada con el mundo -mediante un cable amarillo, nada de tecnología inalámbrica.

Después de un mes frenético -muchas horas de clase, muchos deberes, alguna excursión y también un poquito de fiesta- el curso de alemán se acaba, así que tuvimos que escribir un texto sobre lo que nos había llamado la atención de Alemania, nuestra primera impresión cuando aterrizamos aquí. Hoy os pongo lo que escribí yo, en alemán y en castellano, por si os apetece comparar las dos lenguas. Que conste que no es que escriba genial, es que me lo corrigió la profesora antes de subirlo.


Zuerst schrieb ich eine ,,1”, weil alle Listen mit einer ,,1“ anfangen, aber ich wusste nicht, wie ich weiterschreiben konnte. Es war Freitag Nachmittag. Ich wollte die Unterschiede zwischen Deutschland und meinem Heimatland auflisten, aber die Wörter waren in Blaubeuren geblieben und wollten nicht zurück nach Tübingen kommen. Dann entschied ich eine Pause zu machen und spazieren zu gehen.  
Auf der Straße sah ich eine Ampel, an der es ein Schild gab, das sagte: ,,Wenn es rot ist, bleib stehen. Kinder müssen ausbildet werden.“ Ich dachte, dass es sehr komisch ist, Zeichen zu haben, um auf andere Zeichen aufzupassen. Danach erinnerte ich mich an meine Stadt, wo die Leute die Straße überqueren, wann sie wollen und die Autos parken, wo sie wollen. Deshalb sind die Straßen ganz chaotisch.
Ein bisschen später traf ich plötzlich einige Mitbewohner und wir gingen in eine Kneipe, um ein Bier zu trinken. In Spanien haben die Biere in die Kneipen eine ganz normale Größe, aber in Deutschland sind sie sehr groß. Wir sprachen eine lange Zeit. Im Deutschen kommt das Verb manchmal am Ende der Sätze. Deshalb muss man den ganzen Satz hören, um sie zu verstehen. Wenn ich Spanien spreche, kann ich die Sätze unvollständig lassen und man versteht mich trotzdem auf jeden Fall. Außerdem gestikuliere ich sehr viel. Die Deutschen machen dagegen nicht so viele Gesten, weil sie mit den Wörtern gestikulieren. Deshalb haben sie so viele Partikeln, die in verschiedenen Zusammenhängen benutzt werden und die ich oft nicht übersetzen kann - ich werde den Unterschied zwischen „Was machst du denn?“ und ,,Was machst du?“ nie verstehen.
Als wir unsere Biere getrunken hatten, musste ich in den Supermarkt gehen, um das Abendessen zu kaufen. In Deutschland gibt es sehr viele Brotsorten, und die Kuchen und die Süßigkeiten sind lecker. Dennoch gibt es keinen ,,jamón serrano“, man kann in den Restaurants keine ,,tapas“ bestellen und es gibt keine Schnellimbisse, wo man anrufen und von zu Hause eine ,,tortilla de patatas“ bestellen kann – wie ein Pizza Hut.
Am Ende des Nachmittags hatte ich sehr viel an mein Zuhause gedacht, darum fühlte ich mich ein bisschen melancholisch. Ich saß auf einer Bank in der Keltnerstraße. Plötzlich sah ich ein Zeichen des ,,Camino de Santiago“, ein Weg, der in meiner Stadt endet. Dann fühlte ich mich nicht mehr weit weg von Zuhause. Ich lief ruhig nach Hause – mein neues Tübinger „Zuhause“. Nachdem ich angekommen war, setzte  ich mich hin und schrieb.
Primero escribí un “1”, porque todas las listas empiezan con un “1”, pero no sabía cómo podía continuar. Era viernes por la tarde. Quería enumerar las diferencias entre Alemania y mi país, pero las palabras se habían quedado en Blaubeuren1 y no querían regresar a Tübingen. Entonces decidí hacer una pausa e ir a pasear un rato.
En la calle vi un semáforo en el que había una señal que decía: “cuando esté rojo, por favor no cruzar. Hay que dar ejemplo a los niños”. Pensé que era raro tener señales que indicaran que hay que hacerle caso a otras señales. Después me acordé de mi ciudad, donde la gente cruza la calle cuando quiere y los coches aparcan donde quieren, por lo que las calles son un poco caóticas. 
Un poco después me encontré de repente con mis compañeros de piso y fuimos a tomar una cerveza a un bar. En España las cervezas en los bares tienen un tamaño normal, pero en Alemania son enormes. Charlamos durante un largo rato. En alemán, los verbos a veces se colocan al final de las frases. Por eso, hay que escuchar las frases enteras para poder entenderlas. Cuando yo hablo español, puedo dejar la frase incompleta y se me entiende igualmente. Además, gesticulo mucho. Los alemanes, en cambio, no hacen gestos, porque pueden gesticular con las palabras. Por eso tienen tantas partículas con muchos usos diferentes que, a menudo, no puedo entender –nunca entenderé la diferencia entre “¿qué haces? Y ¿Qué haces ...? (aunque el profesor de alemán del instituto me explicó que es algo así como el “e logo” del gallego).
Cuando terminamos nuestras cervezas, tuve que ir al supermercado para comprar algo para cenar. En Alemania hay muchos tipos de pan, y los bizcochos y dulces están muy buenos. Sin embargo, no hay jamón serrano, ni restaurantes de tapas ni “teletortilla”.
Al final de la tarde había pensado demasiado en mi casa, por lo que me sentía un poco melancólica. Me senté en un banco en Keltnerstraße. De repente vi un cartel de camino de Santiago, un camino que termina en mi ciudad. Entonces ya no me sentí tan lejos de mi hogar. Caminé de vuelta a casa –mi nueva “casa” en Tübingen. Cuando llegué, me senté y escribir.
1 Blaubeuren es un pequeño pueblo que hay a una hora de Tübingen. Nos habían llevado de excursión allí justo esa semana.
 

Vuelta al cole, no tan lejos de casa

Después de un periodo de vacaciones, la vuelta al cole es dura. Hay que volver a pensar en horarios, madrugones, etc. Si a esto se le añade una nueva ciudad, con caras nuevas, (casi) nuevo idioma y un viaje al corazón de los Schwäbische Alpen -estoy empezando a pensar que soy irremediable, no puedo quedarme quieta- resultan unas dos primeras semanas frenéticas. No obstante, todo se hace más llevadero cuando uno se encuentra en un lugar como Tübingen. 

El otro día iba caminando por la calle y me encontré con una pequeña señal en un árbol que me hizo sentir como en casa. ¡El Camino de Santiago pasa por Tübingen!

Aunque no empiezo las clases hasta el día 15 de octubre, me vino mucho antes porque necesito darle un empujón al idioma con un super-curso de alemán. El primer día estuvo dedicado a trámites administrativos. Nos dividieron en europeos y no europeos y nos acompañaron para hacer todo lo necesario: inscribirse en el Ayuntamiento, para lo cual hacía falta un certificado de seguro médico que tuvimos que recoger en otras oficinas, la tarjeta para comer en el comedor, etc. 

En teoría, también tendríamos que haber abierto una cuenta bancaria, pero resulta que, por alguna curiosa norma o algún curioso modo de proceder, no se podían abrir más de 15 en un mismo día -o al menos, eso es lo que yo entendí pero, a juzgar por las muecas de la profesora, esta es una de las razones menos estrambóticas que se podrían encontrar. De modo que me quedé sin cuenta y fui unos días más tarde, de solitaria aventura. La señora me explicó muy amablemente, como si yo fuera tonta -al contrario de lo habitual, en esto consiste muy amablemente- algunas cosas, luego me hizo firmar unos papeles (Unterschreiben bitte), me explicó otras cosas (bla bla kostenlos, es decir, gratis, bla bla) y finalmente salí de Kreisparkasse con una carpetita que contenía un tochazo de papeles entre los que se subrayado con rotulador naranja aparece mi número de cuenta. Elegí Kreisparkasse porque, aunque los pocos estudiantes alemanes con los que hablé prefieren el Deutsche Bank, las ventajas de este último radican en que se encuentra fácilmente en oros países, en comparación con la Caja -sí, en Alemania aún existen- que crece como las setas en otoño en cualquier rincón de Baden-Württemberg (la región en donde se encuentra Tübingen). Tras una discusión muy intelecutal entre uno que argumentaba que la Kreisparkasse era demasiado tradicional, mientras que otro decía que era muy práctica para un erasmus, me quedé con la ligera sensación de que el último caso se aplicaba más a mi situación. 

Para la tarde -es decir, las 14:00 h- se reservaron la matriculación pero, como como mi estilo es rizar el rizo y, si no lo hago yo misma, se encarga de ello la ley de Murphy, en el Servicio de Admisiones de la Universidad se olvidaron de mí y no pude hacerla ese día. Además, como el encargado no volvía de vacaciones hasta la semana siguiente -que ahora es la semana pasada- no me quedó otra que esperar a que el tiempo siguiera su lento curso.

Con tanto papeleo, idas, firmas, enidas, palabras extrañas y demás, empecé a estresarme un poco. Como remedio, el pobre estudiante de medicina alemán -que aún no conozco en person, pero lo haré pronto- al cual le tocó ser mi "tutor" en el programa de bienvenida de erasmus de la facultad, me recomendó la canción que le pone banda sonora a la entrada de hoy. 

Curso de alemán sobre la marcha en Stuttgart

Existe la creencia general de que el alemán es un idioma complicado, aunque yo creo que el problema reside en que hay que verlo desde el punto de vista de los alemanes. Lo que sí es cierto acerca de ellos es que son muy pragmáticos, y esto se refleja en su forma de hablar. Hoy voy a demostrar que saber unas palabras básicas es suficiente para manejarse en una ciudad como Stuttgart.

Taxi y hotel. Empezamos por cosas básicas. Generalmente las palabras que se parecen en inglés y en castellano también son similares en alemán. Así fue como llegué yo ayer al hotel pasada la medianoche, después de que el vuelo de Santiago se retrasara, saliera a toda prisa del avión temiendo perder el de Stuttgart y finalmente este se retrasara una hora. Como en el hotel hablan inglés, no existe ningún problema a la hora de desayunar -y si la opción del inglés no es suficiente, una zona de buffet con un cartel a la entrada que pone "6:30 - 10:30 a.m." suele indicar que hay que desayunar sin medida.

Bahn: una palabra polivalente. Siginifica "tranvía" si se le añade una U (U-Bahn), "metro" si se le añade una S (S-Bahn) y tren si se deja tal como está. Yo cogí el U-Bahn desde el hotel hasta el centro para hacer un poco de turismo por la ciudad. La estación central, donde se puede coger cualquier tipo de Bahn, tiene una gran torre que, además de un curioso reloj -como era de esperar de una estación de tren- también ostenta una gran estrella de mercedes -como era previsible de una ciudad alemana que, además, tiene un gran tradición automovilística, ya que firmas como Chrysler o Porsche tienen aquí su sede. Nada más salir de la estación se encuentra una oficina turística, así que no tardé en hacerme con un mapa en el que, además, ya aparecía un recorrido a pie marcado, y echar a caminar cámara en mano.

Wurst. Las wurst son las típicas salchichas alemanas gruesas. En los puestos de comida rápida -no puedo decir si en los restaurantes de lujo las sirven también, porque no he estado en ninguno- sirven Currywurst que, como su propio nombre indica, es una salchicha con curry. Es un plato tradicional que hay que probar y, además, elimina esa incómoda necesidad de comer tres veces al día. Después de una Currywurst te quedas tan lleno que no se te despierta el hambre en días. En un sitio llamado Brunnenwirt se dice que sirven el mejor Currywurst de Stuttgart, pero yo no lo pude comprobar porque cierran la cocina a las 15:00 y mis horarios españoles de comidas no despertaron mi instinto básico de supervivencia hasta media hora más tarde. El establecimiento está situado en el número 25 de Leonhardsplatze, lo que me lleva al siguiente capítulo. 

Strasse (calle) y Platz (plaza). He aquí una lección importante: los nombres de las calles terminan en -strasse y los nombres de las plazas terminan en -platze. Así, si se está buscando el número 25 de Leonhardsplatz hay que tener cuidado y confundirlo con el número 25 de Leonhardstrasse. Os lo dice una que vio que el mapa turístico daba un rodeo y, dejándose llevar por las tripas que pedían comida en lugar de por la cabeza que pedía no hacer locuras en una ciudad desconocida, decidió acortar por Leonhardstrasse y se encontró en una versión del Barrio Rojo a la Stuttgartiana -en este caso, en vez de escaparates había discretas fotografías a los lados de las puertas. 



Sin embargo, si hemos llegado hasta aquí desde la estación de trenes, quiere decir que nos hemos cruzado la zona vieja de Stuttgart casi de punta a punta: Königstrasse, la calle central del casco viejo, de 2 km de largo; la ópera, que es el edificio que aparece en la foto; la Kunstgebäude (Casa del arte), de la que solo se ve una gran cúpula detrás de un muro cubierto de hiedra; el Neues Schloss (el Palacio nuevo), la que fue la residencia de los reyes de Württemberg; los jardines que separan estos tres edificios, con un lago que hasta tiene nombre propio -y que también aparece en la foto-; Schlossplatz (la Plaza del palacio), una agradable plaza con con una columna en el medio con la diosa Concordia en lo alto; Altes Schloss (el Palacio viejo) que en comparación con el otro no parece un palacio, aunque se le reconoce el mérito por su buen estado tras 11 siglos en pie... 

Tantas cosas que casi me olvido de coger el tren. Ahora me queda llegar sana y salva al piso donde me voy a quedar -de momento, puedo decir casi con total seguridad que no me he confundido de tren. Solo tengo que conseguir no confundirme de parada. 

Danke (gracias) y bitte (por favor). Por último, una lección de ciudadanía; no quiero que los españoles nos ganemos la fama de maleducados por mi culpa. Estas dos palabras se cuelan en prácticamente cualquier conversación, por ejemplo: danke por vuestra visita y bitte, en serio, apuntaos a clases de alemán si queréis aprender algo. 


Misión imposible




Ayer descubrí un nuevo deporte de riesgo: acuerding academic-ing. Consiste intentar que el acuerdo académico llegue sano y salvo a su destino, salvando los obstáculos que se presentan por el camino. Pues ayer me autoproclamé campeona de la modalidad contrarreloj. 



Una vez que decidí las asignaturas que quería cursar fuera en mi año de Erasmus, le envié la lista a mi Coordinadora en la que figuraban las materias de la USC con sus equivalentes en Tübingen. A partir de esta lista, se elaboró el acuerdo académico que tuve que firmar -a principios de mayo- y que fue enviado, después de que lo firmaran mi Coordinadora y el Gestor Académico de mi facultad, a la Oficina de Relaciones Exteriores de la Universidad. En mi caso, la última vez que había visto ese Acuerdo Académico era el 07 de mayo, hasta hoy (chan chan chan...).

A medida que se acercaba el final del mes de mayo, estaba cada vez más preocupada porque no tenía confirmación de que hubiera llegado el acuerdo académico a Tübingen. No sabía si el fallo era que no se había enviado desde Santiago, o que no lo habían recibido en Alemania, así que le pregunté a mi Coordinadora y ayer descubrimos que en la Oficina de Relaciones Exteriores tienen tal cantidad de acuerdos académicos que, en vez de mandarlos uno por uno, los envían cuando los tienen todos, alrededor de finales de junio. Menos mal que pudieron enviarme una copia por mail, así que yo misma envié esta propuesta de acuerdo académico a Alemania, ya que, si no puedo cursar alguna de las asignaturas que pretendo, tendré que hacer una modificación. En primer lugar, mandé un mail a la Oficina de Relaciones Exteriores de la Universidad de Tübingen, en general, y otro a la de la Facultad de Medicina. En segundo lugar, mi Coordinadora me recomendó que también mandara una copia en papel, y aquí comenzó mi gran aventura.

Estaba en casa, tranquilamente, haciendo como que estudiaba, cuando me vi en la tesitura de tener que llegar hasta Correos antes de las 14:00, hora en la que pasa el camión y recoge la correspondencia. A falta de coche, me puse el casco, saqué la bici y empecé a pedalear. Cuando llegué a la oficina 15 minutos después (tiempo récord!), no sé de dónde saqué el aliento para poder hablar, porque hacía un calor insoportable. Parecía Rocky después del combate final: sudorosa, agotada, despeinada... -hasta sangré, aunque no en la cara, sino que me rocé con una ramita de un árbol que estaba tirada en la carretera y salió volando cuando pasé por encima. 

Después de cubrir las direcciones en los sobres -al igual que los mails, uno para la Oficina de Relaciones Exteriores de la Universidad de Tübingen en general y otro para la de la Facultad de medicina-, como nunca se es lo suficientemente precavido, decidí mandarlo por correo urgente certificado con acuse de recibo, lo cual implicó rellenar cartones y papeles con un espacio minúsculo para los largos nombres alemanes. Cuando llegó el momento de cuñar las cartas, el sistema no funcionaba. El programa con el que trabajan en Correos había dejado de funcionar y, según me contaron allí, lo mismo ocurrió en las demás oficinas, así que no me quedó otra opción además de esperar. En total, estuve 50 minutos allí, aunque para mí fueron muchos más. Pasé la primera media hora buscando el lugar por donde salía el chorro de aire acondicionado más fuerte, hasta que llegué a la conclusión de que no había aire acondicionado. A continuación, me acordé de Tom Hanks en La Terminal: me entraron ganas de construirme una cama con los bancos, comer, aprender un idioma, hacer amigos... Finalmente, cuando estaba a punto de ejecutar el plan B -mejor no os cuento cuál era, porque no sé hasta que punto estaba dentro de los márgenes de la ley-, el ordenador volvió a funcionar y pude mandar las cartas. 

Ahora solo queda esperar, aunque como tarden mucho voy yo misma a Alemania a preguntar cómo va el tema!

Mini-actualización (unas 4 horas más tarde): acaba de llegar a mi buzón un acuse de recibo. Sí, yo también pensé que era demasiado rápido como para ser el de ayer, pero en realidad es el de la solicitud de admisión que había enviado el 20 de abril. 

Infusiones, Erasmus y CÍA




03:26 a.m. Zulú. Individua con ojeras prominentes y pelos sospechosos (parece Andrea, pero en ese estado es difícil de confirmar) escribe frenéticamente en el ordenador como si estuviese loca. Espero no estar loca todavía, aunque a estas horas no respondo totalmente de mis actos –ni de mis palabras, pero intentaré combinarlas de tal modo que tengan sentido cuando me despierte dentro de unas horas, si es que en algún momento llego a conciliar el sueño.


Infusiones. Concretamente, una multiinfusión de canela, regaliz, flor de loto, lúpulo, hojas dulces de zarzamora, honeybrush y cardamomo. Se llama “duerme bien”, aunque me bastaba con la parte de “duerme”.

Erasmus. “Duerme bien” descansa, humeante, en meine tasse favorita, una de las primeras cosas que meteré en mi maleta para irme a Deutschland. No he recibido novedades por parte de la Universidad de Tübingen con respecto a mi acuerdo académico. Sin embargo, sí que me han confirmado la reserva de plaza en el curso de alemán de cinco semanas previo al inicio de las clases. Así que, al menos, ya sé que tengo que estar instalada el día 1 de septiembre, aunque el año académico propiamente dicho no empiece hasta el 15 de octubre. Si por mí fuera, ahora mismo empaquetaba mis cosas y me iba, empezando por mi "Taza de la Vaquita", llamada así no porque tenga una vaca pintada, sino porque tiene dos -supongo que le puse el nombre en otra noche de lucidez como la que estoy pasando hoy-.

Billetes. Estoy tan cansada que casi apoyo la “Taza de la Vaquita”, en un sobre que tengo a mi lado en la mesa, y que recogí este jueves pasado de la agencia de viajes. Como me despiste, seguiré volando a Canadá en clase turista, pero mi flight ticket tendrá un aroma a poleo-menta inigualable, en comparación con los insulsos billetes first-class. Saldré el día 31 de Vigo, haré escala en París de la France y de allí a Montreal directamente. Son muchas horas de vuelo, por lo que intenté convencer a Air France para hacer una parada a unos mil kilómetros de la costa. En lugar de ello, me prometieron que acelerarían más de lo normal, así que salgo de París a las 14:00 y piso suelo canadiense a las 16:00. Y de regreso, exactamente igual, pero en sentido contrario -además, como tengo que recuperar las horas que gané a la ida, pierdo casi un día entero en el vuelo. Otro día, cuando yo misma lo comprenda, os hablaré de los cambios horarios, pero hoy ya tengo suficiente con mi particular jet lag.

“Duerme bien” se ha enfriado. Voy a darle una oportunidad, pero me temo que una sola dosis no acabará con mi neurona que, aunque solitaria, tiene más marcha que un guiri en Mallorca. Os pondría una canción, pero no quiero despertaros. Gute Nacht!

Los primeros últimos


 (Summercat - Billie The Vision & The Dancers)

Siempre que voy de viaje, los días anteriores hago de todo -excepto preparar la maleta, que si lo dejo para el último minuto también tiene más emoción. Empiezo con la última comida en casa, la última cena, la última vez que cierro la puerta, y así hasta que me encuentro contando la última noche, el último billete de autobús y la última fotografía antes de volver a casa.


Mañana empiezan mis vacaciones aunque, como tengo que estudiar para los exámenes de junio, en vez de descansar, tengo que ponerme las pilas y -todo lo contrario- trabajar muchísimo para poder disfrutar de los estupendos meses que me quedan por delante. Así que me he mentalizado a que, más bien, mañana será mi último día de clase. Aunque mi primer "último" no será este, sino que ya lo viví el miércoles. 

Los que me conocéis, ya sabéis que estoy metida en una asociación de estudiantes de medicina en la facultad que, entre otras muchas cosas, se dedica a organizar intercambios. Esta es la que me permite irme a Canadá en julio. Pues bien, el miércoles tuvimos nuestra última gran reunión que, para restarle dramatismo, tiene un nombre rimbombante: la Asamblea General. 

Casi todas las canciones sobre despedidas que conozco son tristes, pero esta que os traigo hoy me gusta especialmente porque anima a echarse la mochila a los hombros y empezar a andar, hasta que me pare, cuando vea algo que me guste. Y, si no encuentro nada, pues continúo, que con este nuevo invento que son los planetas redondos, una de las pocas cosas que no se terminan, ni se gastan por mucho que las usemos, es el espacio delante de tus pies para seguir de turismo. 

Café café


Poned la canción a sonar, porque este post va de café: hoy me he comprado una cafetera! Y no es que esté loca, no: en este caso, tener una nueva cafetera sí que es un acontecimiento, ya que será la cafetera que me lleve a Tübingen. Encontré una super-oferta y no me lo pensé dos veces antes de comprar mi nueva Dolce Gusto Genio:



Os cuento mi problema con el café: soy una exquisita. Solo me vale el café expreso, como el de las cafeterías. Ese líquido que suelen llamar "café americano"... Tengo la sensación de que estoy bebiendo agua,  le falta cuerpo. Con esta cafetera espero que no me pase, ya que hace el café con 15 bares de presión y, además, tiene una rueda que se gira para seleccionar la cantidad de agua en la que diluir la cápsula. De esta forma, si la cantidad recomendada (que aparece marcada en el exterior de las cápsulas) no me convence, se puede modificar a gusto.

Es una cafetera del estilo de las de Nespresso, en el sentido de que también funciona con cápsulas, pero las cafeteras de la línea Dolce Gusto no las anuncia George Clooney... Lo que más me gustó es la variedad de bebidas que se pueden hacer con ella. Cuando me levante por las mañanas, medio zombi, con los ojos cerrados por no poder despegar los párpados, me chutaré con un espresso-intenso para salir corriendo a clase. Cuando vuelva pingando, o cubierta de nieve (quién sabe), con los pies congelados, me haré un Latte Macchiato Caramel y me sentaré en el sofá con una manta encima hasta que entre en calor. Cuando vengáis a visitarme os haré unos Nestea Lemon, con unos cubitos de hielo flotando, para cotillear a gusto con algo refrescante, que siempre ayuda a que fluyan los cotilleos... Cuando tenga morriña, me haré un Nesquik y haré "submarinos" con galletas. Pero lo mejor, sin duda alguna, será cuando me siente con mi capuccino a escribiros cómo me va! Hay muchas más variedades; en resumen, se pueden hacer bebidas, frías y calientes, de café, té o chocolate. Además, las cápsulas se venden en los supermercados. Como veis, estoy enamorada de esta nueva adquisición -y muy emocionada con ella- porque parece que puedo oler el aroma a café con solo pensar ella.

Encontrar una cafetera era un detalle muy importante, de esos en los que solo reparas cuando faltan y, aún así, desde el momento en que no están se hacen imprescindibles. ¿Sabéis que en la antigüedad la ley turca permitía a las mujeres separarse de sus maridos si estos no les proporcionaban una taza de café al día? Os dejo reflexionando sobre esto... hasta el próximo post!

Maratón de papeleo

Aproximadamente una semana después de que la Oficina de Relaciones Exteriores publicara la lista definitiva de los que nos íbamos de erasmus me llegaron dos correos de Alemania. Uno de ellos, de la Universidad de Tübingen, me explicaba qué tenía que hacer a partir de ahora. El otro, de la Facultad de Medicina, se centraba en el Acuerdo Académico. Yo hice una maratón de solicitudes de forma que, en un fin de semana, dejé prácticamente todo listo -eso sí, a costa de una sobrecarga de información. 


Paso 1: Solicitud de admisión 
La solicitud de admisión es algo así como una pre-matrícula, un paso previo que era necesario hacer antes de realizar el Acuerdo Académico y el resto del papeleo. Se trata de cubrir un formulario online y, después, imprimirlo y llevárselo al Coordinador Internacional de la Oficina de Relaciones Exteriores para que lo firme. Por último, hay que mandar el original por correo postal a la Oficina Internacional de la Universidad de Tübingen, y este tiene que llegar antes del 31 de mayo. Como veis, da tiempo de sobra, pero uno no se puede dormir en los laureles. 

Paso 2: Residencia
La Studentenwerk es una oficina de la Universidad de Tübingen que gestiona las residencias. Para pedir una plaza, hay que rellenar un formulario online. 

En este caso, no es necesario imprimirlo y mandarlo en papel a la Studentenwerk. Sin embargo, al cubrir la solicitud de admisión (paso 1), llega un momento en el que te preguntan si quieres residencia. Si marcas que sí, tienes que adjuntar en la carta un formulario para las residencias muy parecido al que cubres online en la aplicación de la Stundentenwerk. En resumen, no tienes que enviar la solicitud de la residencia en papel a la Studentenwerk, sino a la Oficina Internacional de la Universidad de Tubingen, junto con la solicitud de admisión. 

Las residencias en Tübingen -y, por lo que estuve leyendo, en casi toda Europa- son bastante diferentes a las españolas. Cada residencia ofrece habitaciones con diferentes características: amuebladas, sin amueblar, con baño y ducha individual, con baño y ducha compartidos, etc. Todas tienen en común la cocina compartida. No hay ningún comedor en el que desayunas, comes y cenas, sino que tienes tu propia cocina y haces tu vida. Cuando lleve algunos días allí os comentaré cómo se organizan los estudiantes con las comidas. Además, hay algunas residencias que, en lugar de habitaciones, ofrecen apartamentos para familias, padres solteros, etc. Casi todas tienen lavandería. 

El precio varía en función de las características de la habitación y de cada residencia. Las amuebladas son un poco más caras, los apartamentos también son más caros, etc. pero, para que os hagáis una idea, las habitaciones individuales sin amueblar no superan los 300 €/mes. Hay que depoitar una fianza de 400 € y, además, si quieres sábanas -en lugar de llevar las tuyas propias- son aproximadamente 30 € a mayores. 

Hay algunas residencias que se encuentran en pleno casco antiguo de Tübingen; estas son las que recomienda la Studentenwerk para los erasmus, por su situación. Además, son las que más cerca están de la Universidad (a unos 15 minutos, aproximadamente, según Google maps). Sin embargo, las residencias más grandes y más nuevas se encuentran a 30 min. en diferentes direcciones. De nuevo, este es un detalle que ampliaré una vez que lo vea todo sobre el terreno. 

Paso 3: Curso de idiomas
Por último, me apunté a un curso de alemán antes de empezar las clases. En la Universidad de Tübingen hay varios cursos para de alemán para extranjeros: hay algunos durante el mes de agosto, otros en septiembre, antes del inicio de las clases, y otros durante el curso. En septiembre hay dos tipos de cursos, uno más light, con menos horas de clase, y otro intensivo. 

Yo me apunté al intensivo, llamado Deutsch-Kompakt. Se trata de 5 semanas con clases de alemán mañana y tarde. Incluye excursiones y una estancia de una semana en una residencia de la Universidad en Blaubeuren, en la región de Schwäbische. También te ayudan con todo el papeleo que tienes que hacer para vivir allí, como el permiso de residencia, seguro médico (si lo necesitas, pero vale la tarjeta sanitaria europea), cuenta bancaria, etc. y con la matrícula, la inscripción en cursos y seminarios en la Universidad... En la sección de cursos de alemán para extranjeros encontraréis información sobre este curso en concreto y otros más (curiosead por la galería de fotos del curso Deutshc-Kompakt; es divertidísimo). 

Hasta el próximo post!

Erasmus for dummies (parte 1)

Empezamos con papeleo: ya soy oficialmente una futura estudiante de Erasmus. A pesar de las parrafadas que escribo, yo soy más de ciencias que de letras, así que cuando salió la convocatoria y tuve que leerla entera casi me vuelvo loca -tanto, que hasta recurrí al tópico de buscar erasmus en Google, y a ver qué salía. Para todos aquellos que tengáis curiosidad, o que hayáis aterrizado aquí por medio de consultas desesperadas a Google, os voy a contar cómo ha sido el proceso desde "eh, quiero irme" a "eh, que me voy" en mi universidad, para que os hagáis una idea.


Businesswoman burning files at desk


Todo empieza cuando se publica la convocatoria, que en la Universidad de Santiago viene siendo, en estos últimos años, a finales de diciembre, una semana o dos antes de que empiecen las vacaciones de Navidad. Esta convocatoria contiene lo básico del programa erasmus. Lo primero que hay que hacer es cubrir la solicitud siguiendo las instrucciones. En la USC, tienes que rellenarla online y luego llevar el papel impreso que sale al final al Registro de la Universidad. 

Un punto importante dentro de la solicitud son los idiomas. El mínimo nivel exigido es B1 de inglés para todos los países, excepto Italia, Francia, Portugal y Alemania, en donde hay que saber, respectivamente, italiano, francés, portugués y alemán. Llegados a este punto, hay dos opciones: o presentas un certificado válido (la convocatoria incluye un anexo en el que se especifican qué títulos admiten para cada idioma), o bien te presentas a los exámenes organizados por la propia USC. En el primer caso, debes entregar una fotocopia de los certificados en el Registro, junto con el impreso de la solicitud online. 

Si tienes que ir a los exámenes, debes indicarlo en la solicitud en la casilla destinada a tal fin. He de decir que yo fui a todos los exámenes de las lenguas que conocía, y tentada estuve de ir también al resto, por si tenía suerte. Casi todos los que nos presentamos, si hemos estudiado el idioma en el instituto, aprobamos. Si no hubo suerte, o bien te han puesto una nota que crees que no se corresponde con lo que debería ser, hay un periodo de revisión de los exámenes.

 Después de estudiar que cada uno ha entregado los documentos pertinentes (fundamentalmente y hasta donde yo sé, la solicitud se ha entregado en papel y los idiomas están debidamente justificados), se emite una lista con los candidatos admitidos y excluidos. Después de un plazo determinado para reclamar si crees que ha habido algún error, se publican las listas definitivas.

Dichas listas se mandan a las facultades, en donde los destinos se reparten entre los estudiantes. Para mí, estos fueron los momentos más inciertos, porque cada facultad tiene su propia manera de trabajar, de forma que en ningún sitio estaba escrito cuándo sería el reparto, de qué manera se haría, etc. En mi caso, el coordinador elaboró un ranking de los estudiantes según el expediente académico y, el día de la reunión, nos fueron llamando individualmente y cada uno iba escogiendo el destino que quería, dentro de las posibilidades del idioma. Una vez realizada la reunión, se publica la lista de los destinos asignados a cada persona y, después de otro plazo más para reclamaciones, la facultad lo envía a la Oficina de Relaciones Exteriores.

Con todo esto hemos llegado ya a principios de abril y nuevamente se abre un plazo para cubrir un impreso mediante el cual rechazamos o aceptamos el Erasmus, y esto es lo que hice hoy. A partir de ahora, tengo que ponerme en contacto con el coordinador de mi facultad y esperar a que la Universidad Eberhard Karls Tübingen me contacte a mí. 

Hasta aquí la parte aburrida por hoy, pero aún no ha acabado. En sucesivas entradas (de ahí lo de "parte 1") os iré comentando mis aventuras en los tenebrosos mundos de la burocracia. 

Hasta el próximo post!

Erasmus: destino Tübingen

Estreno este blog para contaros que hoy ha sido la reunión en la que elegimos destino de Erasmus en la facultad, y he elegido Tübingen. Estaba un poco dudosa, porque hace unos años pasé una semana en Viena de excursión con el instituto, y desde entonces siempre quise volver y quedarme allí durante un poco más de tiempo. Sin embargo, al final cambié de opinión y escogí esta ciudad del sur de Alemania.