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El grajo vuela rozando el suelo en Tübingen

Algo grave ocurre últimamente. Es una sensación indescriptible y espeluznante, que pone la piel de gallina. Atraviesa la ropa, la piel y se cuela hasta los huesos, paralizando por completo. Las articulaciones se bloquean y se pierde la capacidad de razonar; los pensamientos son borrosos y fluyen lentamente, como si la mente estuviera nublada. Es imposible dejarla atrás, te acompaña desde el primer momento en que abres los ojos por la mañana hasta que por fin caes dormido por la noche, a donde quiera que vayas, como si fuera tu sombra. Está en boca de todos, no se habla de otra cosa; incluso escriben sobre ello en el periódico. Aquí la llaman saukalt o, lo que es lo mismo, un "frío que pela". 


(Neckarbrücke de noche, es decir, cualquier hora a partir de las siete de la tarde en diciembre)


i-Klic


Me imagino que si yo fuera famosa llevaría una vida muy aburrida. Tantas pasarelas, festivales, fiestas guays, ir de compras para esas fiestas guays, etc. Al final ya nada podría sorprenderme. En cambio, cuando eres estudiante esto no ocurre. La gran novedad de estos últimos tres días es que empecé una clase nueva y ha sido suficiente para romper la rutina. 


(Estos son estudiantes de la Universidad de Tübingen, aunque no de medicina)

En Tübingen, particularmente en la facultad de medicina, hay diferentes tipos de clases: clases magistrales (Vorlesungen), prácticas (Praktikum), "talleres" -por llamarles de alguna forma- para aprender a examinar al paciente (Untersuchung-Kurs) y, además, los i-Klic. No sé a qué corresponde esta abreviatura -porque no me creo que una palabra completa en alemán tenga solo 6 letras- pero, en resumidas cuentas, se trata de una clase con menos alumnos de lo normal en la que se revisan casos clínicos. Ayer tuve mi primer i-Klic de ortopedia, hoy tuve el segundo y mañana tendré el tercero. No más i-Klics de ortopedia el resto de mi vida.

Esta es una de las características -todavía no sé si buena o mala- de como están organizadas las clases en Tübingen: solo utilizan el tiempo que necesitan. Da la sensación de que se han sentado, han escrito una lista de las cosas que tenemos que aprender, han cronometrado el tiempo que les hace falta y lo han puesto en mi horario. Así que, por suerte, en 3 días hacemos una revisión de toda la materia de ortopedia a través de casos clínicos. Sin embargo, como soy estudiante y esta vida nos depara una sorpresa tras otra -no como a los pobres de los famosos-  hay una desventaja que aporta emoción al asunto. Ya que solo se necesitan dos semanas de clases (Vorlesungen) de ortopedia para aprender la materia en profundidad, tendré que ir muy al día, porque solo tres días después de la última sesión tendré que (espero) aprobar el examen. 

Otra particularidad de la Universidad de Tübingen es que hay que inscribirse manualmente, a través del sistema online de la Universidad, en las Vorlesungen, en los seminarios e incluso en los exámenes por separado. Los estudiantes de medicina somos aquí -como en todas partes- especiales, por lo que tenemos nuestro propio sistema informático -no porque seamos más tontos, sino porque podemos con dos sistemas informáticos a la vez- y, además, es el Decanato el que nos inscribe automáticamente en las diferentes partes de una asignatura, de forma que nosotros solo tenemos que preocuparnos de desinscribirnos si, por ejemplo, no queremos presentarnos a una prueba. Aunque no estoy muy segura, creo que esta es la razón de un curioso fenómeno que vengo observando desde que llegué cada vez que conozco a un estudiante alemán: es muy raro que alguien estudie solamente una carrera. Todos -excepto los estudiantes de medicina, porque somos especiales- hacen al mismo tiempo "magisterio" y "lengua inglesa", "periodismo" y "alemán", "económicas" y "bellas artes", "derecho" y "domador de circo"... 

Esta será una entrada aburrida para muchos; útil para algún valiente despistado con ganas de marcha que esté pensando estudiar un año en Alemania; puede que sorprendente para aquellos que lleven una vida aún más rutinaria que la del estudiante, y definitivamente lo más aburrido del mundo para un famoso (que, si se ha pasado por aquí y ha llegado hasta el final, debería autografiarme el post en un comentario). En cualquier caso, para compensar os dejo el exitazo que sonó hoy por la radio mientras lavaba la loza -y es que cualquier canción es un exitazo cuando tienes ante ti una montaña de platos sucios, pero esta, si cabe, lo es más. 

Primeras prácticas en Tübingen

No sé si por suerte -porque algo mejor está por venir- o por desgracia, pero ya quedaron atrás las primeras dos semanas de clase. En menos de lo que tardé en asimilarlo, la Universidad de Tübingen me lanzó a una piscina para enseñarme a nadar -y el agua estaba helada. Menos mal que hasta ahora me mantuve a flote, aunque algunos días más cómodamente que otros. 

Un cálido viernes, dos semanas atrás -en ese momento me parecía que hacía frío, pero en realidad todavía no había empezado a nevar-, los erasmus de medicina tuvimos una reunión con la coordinadora. Nos dieron el horario y empecé a sorprenderme en el mismo momento en que vi que ya empezaba con prácticas de cirugía el lunes siguiente. Intenté disfrutar del fin de semana libre -fiesta, desenpolvar la bata, hacer el vago, fiesta otra vez- pero aun así se me hizo demasiado abrupta la despedida de las vacaciones. 

Desde el mismo lunes, el despertador empezó a sonar a las 06:00, a las 06:20 cogía la bicicleta, a las 06:26 conseguía despertarme entre el frío de la mañana y la luz del semáforo directamente en mi cara, a las 06:36 subía en el autobús y a las 07:00 empezaba a pasar visita a los pacientes de la clínica de accidentes -en este punto todavía no había terminado de sorprenderme, en primer lugar porque aquí tienen un hospital especial para patosos y gafes, y en segundo lugar porque incluso cuando uno está ingresado y necesita "reposo absoluto" lo despiertan a horas intempestivas para que cinco batas blancas examinen su rodilla. Afortunadamente, la segunda semana de prácticas fue totalmente relajada: la mitad de los días no tuve que estar en el hospital hasta las 08:00 de la mañana. Estuve en la planta privada de cirugía general, que es como la clase business de los aviones para los que tienen un seguro privado: menos pasajeros y más espacio en los asientos, pero al fin y al cabo el piloto, el avión y el punto de salida y llegada son los mismos. 

Lo que pasó entre las intempestivas horas en que me ponía la bata y las -no tan intempestivas- horas en que me la quitaba me lo guardo para mí. De esta forma, parezco más profesional -por aquello de guardar el secreto médico- y nadie se entera de que, con esto del alemán, estaba más perdida que un erasmus en sus primeros días de clase. En líneas generales, aquí los estudiantes de prácticas tienen muchas más autonomía y trabajan mucho más por su cuenta. El objetivo de las prácticas no es ver lo que hemos leído en los libres, porque para eso ya tienen el año entero de prácticas al final de la carrera, sino que se trataba de "ser" médicos durante unos días: visité pacientes y los examiné, escribí historias clínicas, presenté un caso, coloqué una escayola -a una compañera, afortunadamente para los pacientes y desafortunadamente para ella-, aprendí a coser de tres formas diferentes y a hacer nudos, fui a quirófano, endoscopias, consultas...

Al principio me sentía un poco fuera de lugar -¿cómo es posible que unos simples estudiantes deban examinar solos al paciente?¿y si le hacemos daño?- porque, sinceramente, hacía tiempo que calculaba nivel de exigencia de las asignaturas como el número de páginas que entraban en el examen partido por el tiempo que tenía para metérmelas entre pecho y espalda. Sin embargo, al final mi cerebro despertó y disfruté como un estudiante de medicina que se pone la bata por primera vez. Wunderbar!

Domingo en el mercado

Este fin de semana hubo un mercado internacional en Tübingen. Desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la tarde el casco antiguo de la ciudad se llenó de puestos con toldos de muchos colores. Durante el mes de septiembre me quedé, de forma provisional, en un piso en pleno centro de Tübingen, por lo que tenía una situación privilegiada para disfrutar del mercado. Tanto el sábado como el domingo, lo primero que hice tras levantarme fue abrir la ventana; a veces se escuchaba alguien cantando música acompañado solo por una guitarra, y otras llegaba hasta la habitación el olor de unas crêpes o de pasta recién hecha. Aunque tenía examen el lunes, aprovechando el buen tiempo que hacía cogí mi cámara y salí a disfrutar de la ciudad, antes de que empezara lo serio. 



Un poco cansada de tanta gente, continué caminando por callejuelas adoquinadas, estrechas y retorcidas que subían y bajaban, hasta que llegué a una plaza muy tranquila donde la gente paseaba, los mayores se sentaban en los bancos a charlar, los niños jugaban y los turistas como yo sacaban fotos a todo como si nunca antes hubiéramos visto un árbol, una casa o un banco. Me encontraba en ese momento -aunque yo todavía no lo sabía- entre un edificio llamado die Bourse y Hölderlimturm, la casa del escritor alemán Hölderlim. Desde ahí se puede ver un poco del río Neckar y el paseo llamado Platane Allée, que en realidad es una isla alargada, paralela al Neckar, totalmente peatonal a la que se  puede acceder por sendos puentes en cada uno de sus extremos. 

Atravesando la plaza me encontré de nuevo en una zona conocida. Al parecer, había caminado en círculo y estaba muy cerca de casa otra vez. Lo que en un día normal me hubiera llevado dos minutos, ese día me llevó diez veces más, porque había tanta gente que era imposible avanzar y, cuando podía caminar un poco, veía un nuevo puesto con más cosas nuevas que curiosear -en su mayor parte comida internacional, francesa e italiana sobre todo. Al final no me resistí a cenar una Flammkuchen -una especie de pizza tradicional de la región- en uno de los puestos que había al pie de la Stiftkirche -podría decirse que es la "iglesia principal" de Tübingen.

Después de este paseo tan corto -porque en realidad fueron pocos metros- pero largo -porque caminé tan lentamente que me pasé horas en la calle-, me acordé del libro de alemán que había dejado abandonado unas horas antes y volví a estudiar un poco más, todavía con la ventana abierta.

Nada más salir del edificio, hacia la derecha me encontré un mimo a la puertas de Markplatz, la plaza del Ayuntamiento. Como casi todos los edificios antiguos aquí en Alemania, no están decorados como es habitual en Santiago, con grabados en la piedra y esculturas, sino que las paredes están pintadas con pintura de colores. En el medio de la plaza hay una famosa fuente que estaba rodeada de una multitud de puestos de flores y verduras de tantos colores que, aunque en condiciones normales domina la plaza, ese día daba la sensación de que la habían encogido por la noche.

Por fin instalada

Empieza hoy la última semana del curso de alemán, al igual que -espero- mi última semana de "adaptación". Ya estoy en mi casa nueva -la definitiva-, con mis nuevos compañeros de piso -los definitivos- que son -espero que definitivamente- muy simpáticos. 



Por fin tengo internet y espero poder escribir regularmente como hacía en Canada. Tübingen es una ciudad en la que, aunque no lo parezca a simple vista, existen muchos contrastes. En primer lugar, se encuentra gente muy conservadora, que vive en fraternidades, casas antiguas de aspecto señorial que se agrupan en una colina como si nos vigilaran a la plebe. Por otro lado, están los alternativos que viven en el medio del caos, grafitis y cerveza pero son felices. En el medio me encuentro yo, que soy una "friki" adicta a internet, como un pez fuera del agua. En las residencias no hay wifi, sino que para internet es necesario utilizar un cable. Además, todo funciona con papel: nada de matrículas electrónicas, etc. Para matricularse hay que ir a una oficina con un papel, allí te dan otro papel rosa y te cuñan el anterior. Luego hay que ir a pagar en mano, donde te dan otro papel. Finalmente, puedes ir a entregar esos papeles, rellenar algunos más y cuñar todo a otra oficina diferente. Por último, tienes que esperar a que te lleguen tres cartas diferentes: una con tus contraseñas para acceder a la wifi que hay en la biblioteca, otra con unos cartoncillos que sirven para los descuentos del transporte público, los deportes, etc. y otra con tu carnet de estudiante. Así que con tantas idas y venidas, y después de recordar como era eso de escribir con un bolígrafo, que después de este verano casi se me había olvidado, por fin estoy conectada con el mundo -mediante un cable amarillo, nada de tecnología inalámbrica.

Después de un mes frenético -muchas horas de clase, muchos deberes, alguna excursión y también un poquito de fiesta- el curso de alemán se acaba, así que tuvimos que escribir un texto sobre lo que nos había llamado la atención de Alemania, nuestra primera impresión cuando aterrizamos aquí. Hoy os pongo lo que escribí yo, en alemán y en castellano, por si os apetece comparar las dos lenguas. Que conste que no es que escriba genial, es que me lo corrigió la profesora antes de subirlo.


Zuerst schrieb ich eine ,,1”, weil alle Listen mit einer ,,1“ anfangen, aber ich wusste nicht, wie ich weiterschreiben konnte. Es war Freitag Nachmittag. Ich wollte die Unterschiede zwischen Deutschland und meinem Heimatland auflisten, aber die Wörter waren in Blaubeuren geblieben und wollten nicht zurück nach Tübingen kommen. Dann entschied ich eine Pause zu machen und spazieren zu gehen.  
Auf der Straße sah ich eine Ampel, an der es ein Schild gab, das sagte: ,,Wenn es rot ist, bleib stehen. Kinder müssen ausbildet werden.“ Ich dachte, dass es sehr komisch ist, Zeichen zu haben, um auf andere Zeichen aufzupassen. Danach erinnerte ich mich an meine Stadt, wo die Leute die Straße überqueren, wann sie wollen und die Autos parken, wo sie wollen. Deshalb sind die Straßen ganz chaotisch.
Ein bisschen später traf ich plötzlich einige Mitbewohner und wir gingen in eine Kneipe, um ein Bier zu trinken. In Spanien haben die Biere in die Kneipen eine ganz normale Größe, aber in Deutschland sind sie sehr groß. Wir sprachen eine lange Zeit. Im Deutschen kommt das Verb manchmal am Ende der Sätze. Deshalb muss man den ganzen Satz hören, um sie zu verstehen. Wenn ich Spanien spreche, kann ich die Sätze unvollständig lassen und man versteht mich trotzdem auf jeden Fall. Außerdem gestikuliere ich sehr viel. Die Deutschen machen dagegen nicht so viele Gesten, weil sie mit den Wörtern gestikulieren. Deshalb haben sie so viele Partikeln, die in verschiedenen Zusammenhängen benutzt werden und die ich oft nicht übersetzen kann - ich werde den Unterschied zwischen „Was machst du denn?“ und ,,Was machst du?“ nie verstehen.
Als wir unsere Biere getrunken hatten, musste ich in den Supermarkt gehen, um das Abendessen zu kaufen. In Deutschland gibt es sehr viele Brotsorten, und die Kuchen und die Süßigkeiten sind lecker. Dennoch gibt es keinen ,,jamón serrano“, man kann in den Restaurants keine ,,tapas“ bestellen und es gibt keine Schnellimbisse, wo man anrufen und von zu Hause eine ,,tortilla de patatas“ bestellen kann – wie ein Pizza Hut.
Am Ende des Nachmittags hatte ich sehr viel an mein Zuhause gedacht, darum fühlte ich mich ein bisschen melancholisch. Ich saß auf einer Bank in der Keltnerstraße. Plötzlich sah ich ein Zeichen des ,,Camino de Santiago“, ein Weg, der in meiner Stadt endet. Dann fühlte ich mich nicht mehr weit weg von Zuhause. Ich lief ruhig nach Hause – mein neues Tübinger „Zuhause“. Nachdem ich angekommen war, setzte  ich mich hin und schrieb.
Primero escribí un “1”, porque todas las listas empiezan con un “1”, pero no sabía cómo podía continuar. Era viernes por la tarde. Quería enumerar las diferencias entre Alemania y mi país, pero las palabras se habían quedado en Blaubeuren1 y no querían regresar a Tübingen. Entonces decidí hacer una pausa e ir a pasear un rato.
En la calle vi un semáforo en el que había una señal que decía: “cuando esté rojo, por favor no cruzar. Hay que dar ejemplo a los niños”. Pensé que era raro tener señales que indicaran que hay que hacerle caso a otras señales. Después me acordé de mi ciudad, donde la gente cruza la calle cuando quiere y los coches aparcan donde quieren, por lo que las calles son un poco caóticas. 
Un poco después me encontré de repente con mis compañeros de piso y fuimos a tomar una cerveza a un bar. En España las cervezas en los bares tienen un tamaño normal, pero en Alemania son enormes. Charlamos durante un largo rato. En alemán, los verbos a veces se colocan al final de las frases. Por eso, hay que escuchar las frases enteras para poder entenderlas. Cuando yo hablo español, puedo dejar la frase incompleta y se me entiende igualmente. Además, gesticulo mucho. Los alemanes, en cambio, no hacen gestos, porque pueden gesticular con las palabras. Por eso tienen tantas partículas con muchos usos diferentes que, a menudo, no puedo entender –nunca entenderé la diferencia entre “¿qué haces? Y ¿Qué haces ...? (aunque el profesor de alemán del instituto me explicó que es algo así como el “e logo” del gallego).
Cuando terminamos nuestras cervezas, tuve que ir al supermercado para comprar algo para cenar. En Alemania hay muchos tipos de pan, y los bizcochos y dulces están muy buenos. Sin embargo, no hay jamón serrano, ni restaurantes de tapas ni “teletortilla”.
Al final de la tarde había pensado demasiado en mi casa, por lo que me sentía un poco melancólica. Me senté en un banco en Keltnerstraße. De repente vi un cartel de camino de Santiago, un camino que termina en mi ciudad. Entonces ya no me sentí tan lejos de mi hogar. Caminé de vuelta a casa –mi nueva “casa” en Tübingen. Cuando llegué, me senté y escribir.
1 Blaubeuren es un pequeño pueblo que hay a una hora de Tübingen. Nos habían llevado de excursión allí justo esa semana.
 

Vuelta al cole, no tan lejos de casa

Después de un periodo de vacaciones, la vuelta al cole es dura. Hay que volver a pensar en horarios, madrugones, etc. Si a esto se le añade una nueva ciudad, con caras nuevas, (casi) nuevo idioma y un viaje al corazón de los Schwäbische Alpen -estoy empezando a pensar que soy irremediable, no puedo quedarme quieta- resultan unas dos primeras semanas frenéticas. No obstante, todo se hace más llevadero cuando uno se encuentra en un lugar como Tübingen. 

El otro día iba caminando por la calle y me encontré con una pequeña señal en un árbol que me hizo sentir como en casa. ¡El Camino de Santiago pasa por Tübingen!

Aunque no empiezo las clases hasta el día 15 de octubre, me vino mucho antes porque necesito darle un empujón al idioma con un super-curso de alemán. El primer día estuvo dedicado a trámites administrativos. Nos dividieron en europeos y no europeos y nos acompañaron para hacer todo lo necesario: inscribirse en el Ayuntamiento, para lo cual hacía falta un certificado de seguro médico que tuvimos que recoger en otras oficinas, la tarjeta para comer en el comedor, etc. 

En teoría, también tendríamos que haber abierto una cuenta bancaria, pero resulta que, por alguna curiosa norma o algún curioso modo de proceder, no se podían abrir más de 15 en un mismo día -o al menos, eso es lo que yo entendí pero, a juzgar por las muecas de la profesora, esta es una de las razones menos estrambóticas que se podrían encontrar. De modo que me quedé sin cuenta y fui unos días más tarde, de solitaria aventura. La señora me explicó muy amablemente, como si yo fuera tonta -al contrario de lo habitual, en esto consiste muy amablemente- algunas cosas, luego me hizo firmar unos papeles (Unterschreiben bitte), me explicó otras cosas (bla bla kostenlos, es decir, gratis, bla bla) y finalmente salí de Kreisparkasse con una carpetita que contenía un tochazo de papeles entre los que se subrayado con rotulador naranja aparece mi número de cuenta. Elegí Kreisparkasse porque, aunque los pocos estudiantes alemanes con los que hablé prefieren el Deutsche Bank, las ventajas de este último radican en que se encuentra fácilmente en oros países, en comparación con la Caja -sí, en Alemania aún existen- que crece como las setas en otoño en cualquier rincón de Baden-Württemberg (la región en donde se encuentra Tübingen). Tras una discusión muy intelecutal entre uno que argumentaba que la Kreisparkasse era demasiado tradicional, mientras que otro decía que era muy práctica para un erasmus, me quedé con la ligera sensación de que el último caso se aplicaba más a mi situación. 

Para la tarde -es decir, las 14:00 h- se reservaron la matriculación pero, como como mi estilo es rizar el rizo y, si no lo hago yo misma, se encarga de ello la ley de Murphy, en el Servicio de Admisiones de la Universidad se olvidaron de mí y no pude hacerla ese día. Además, como el encargado no volvía de vacaciones hasta la semana siguiente -que ahora es la semana pasada- no me quedó otra que esperar a que el tiempo siguiera su lento curso.

Con tanto papeleo, idas, firmas, enidas, palabras extrañas y demás, empecé a estresarme un poco. Como remedio, el pobre estudiante de medicina alemán -que aún no conozco en person, pero lo haré pronto- al cual le tocó ser mi "tutor" en el programa de bienvenida de erasmus de la facultad, me recomendó la canción que le pone banda sonora a la entrada de hoy. 

Curso de alemán sobre la marcha en Stuttgart

Existe la creencia general de que el alemán es un idioma complicado, aunque yo creo que el problema reside en que hay que verlo desde el punto de vista de los alemanes. Lo que sí es cierto acerca de ellos es que son muy pragmáticos, y esto se refleja en su forma de hablar. Hoy voy a demostrar que saber unas palabras básicas es suficiente para manejarse en una ciudad como Stuttgart.

Taxi y hotel. Empezamos por cosas básicas. Generalmente las palabras que se parecen en inglés y en castellano también son similares en alemán. Así fue como llegué yo ayer al hotel pasada la medianoche, después de que el vuelo de Santiago se retrasara, saliera a toda prisa del avión temiendo perder el de Stuttgart y finalmente este se retrasara una hora. Como en el hotel hablan inglés, no existe ningún problema a la hora de desayunar -y si la opción del inglés no es suficiente, una zona de buffet con un cartel a la entrada que pone "6:30 - 10:30 a.m." suele indicar que hay que desayunar sin medida.

Bahn: una palabra polivalente. Siginifica "tranvía" si se le añade una U (U-Bahn), "metro" si se le añade una S (S-Bahn) y tren si se deja tal como está. Yo cogí el U-Bahn desde el hotel hasta el centro para hacer un poco de turismo por la ciudad. La estación central, donde se puede coger cualquier tipo de Bahn, tiene una gran torre que, además de un curioso reloj -como era de esperar de una estación de tren- también ostenta una gran estrella de mercedes -como era previsible de una ciudad alemana que, además, tiene un gran tradición automovilística, ya que firmas como Chrysler o Porsche tienen aquí su sede. Nada más salir de la estación se encuentra una oficina turística, así que no tardé en hacerme con un mapa en el que, además, ya aparecía un recorrido a pie marcado, y echar a caminar cámara en mano.

Wurst. Las wurst son las típicas salchichas alemanas gruesas. En los puestos de comida rápida -no puedo decir si en los restaurantes de lujo las sirven también, porque no he estado en ninguno- sirven Currywurst que, como su propio nombre indica, es una salchicha con curry. Es un plato tradicional que hay que probar y, además, elimina esa incómoda necesidad de comer tres veces al día. Después de una Currywurst te quedas tan lleno que no se te despierta el hambre en días. En un sitio llamado Brunnenwirt se dice que sirven el mejor Currywurst de Stuttgart, pero yo no lo pude comprobar porque cierran la cocina a las 15:00 y mis horarios españoles de comidas no despertaron mi instinto básico de supervivencia hasta media hora más tarde. El establecimiento está situado en el número 25 de Leonhardsplatze, lo que me lleva al siguiente capítulo. 

Strasse (calle) y Platz (plaza). He aquí una lección importante: los nombres de las calles terminan en -strasse y los nombres de las plazas terminan en -platze. Así, si se está buscando el número 25 de Leonhardsplatz hay que tener cuidado y confundirlo con el número 25 de Leonhardstrasse. Os lo dice una que vio que el mapa turístico daba un rodeo y, dejándose llevar por las tripas que pedían comida en lugar de por la cabeza que pedía no hacer locuras en una ciudad desconocida, decidió acortar por Leonhardstrasse y se encontró en una versión del Barrio Rojo a la Stuttgartiana -en este caso, en vez de escaparates había discretas fotografías a los lados de las puertas. 



Sin embargo, si hemos llegado hasta aquí desde la estación de trenes, quiere decir que nos hemos cruzado la zona vieja de Stuttgart casi de punta a punta: Königstrasse, la calle central del casco viejo, de 2 km de largo; la ópera, que es el edificio que aparece en la foto; la Kunstgebäude (Casa del arte), de la que solo se ve una gran cúpula detrás de un muro cubierto de hiedra; el Neues Schloss (el Palacio nuevo), la que fue la residencia de los reyes de Württemberg; los jardines que separan estos tres edificios, con un lago que hasta tiene nombre propio -y que también aparece en la foto-; Schlossplatz (la Plaza del palacio), una agradable plaza con con una columna en el medio con la diosa Concordia en lo alto; Altes Schloss (el Palacio viejo) que en comparación con el otro no parece un palacio, aunque se le reconoce el mérito por su buen estado tras 11 siglos en pie... 

Tantas cosas que casi me olvido de coger el tren. Ahora me queda llegar sana y salva al piso donde me voy a quedar -de momento, puedo decir casi con total seguridad que no me he confundido de tren. Solo tengo que conseguir no confundirme de parada. 

Danke (gracias) y bitte (por favor). Por último, una lección de ciudadanía; no quiero que los españoles nos ganemos la fama de maleducados por mi culpa. Estas dos palabras se cuelan en prácticamente cualquier conversación, por ejemplo: danke por vuestra visita y bitte, en serio, apuntaos a clases de alemán si queréis aprender algo. 


Au revoir Montreal


Ha llegado el momento de despedirse de Montreal. Todavía no he decido si es por suerte o por desgracia, así que os dejo con una canción un poco triste que habla de una historia que termina, porque mis padres ya están lo suficiente contentos de que vuelva a casa y hace falta la nota melancólica para no faltar al cliché. Esta mañana tenía tres horas descolgadas antes de ir al aeropuerto en las que no me quedaba nada por hacer, así que decidí darme un último paseo por el centro. Mientras caminaba, me iba dando cuenta de todas las cosas que me gustan y que no me gustan de esta ciudad, las que echaré de menos y las que no.  Voy a echar de menos...

... Mucho: las baldosas lisas, sin dibujos, porque por estas aceras lisas que tienen en Montreal es mucho más fácil andar con tacones.

... Mucho: la gente que canta por la calle. Incluso cuando tienes un mal día, te hace mucha gracia ver a la gente tan metida en sus pensamientos que ni siquiera se oye a sí misma berrear en medio del tráfico.

... Poco: el viento en los túneles del metro. No sé como es posible, pero el viento artificial que se forma en el metro siempre es agobiante después del aire acondicionado de los centros comerciales.

... Mucho: el partido de croquet que los indios juegan todos los días alrededor de las 17:00 en el patio de un instituto. Siempre los veía jugar a través de la valla y aminoraba el ritmo a propósito, porque como no sé nada de croquet, para mí es un misterio eso de que se pasen unos a otros la pelota, la golpeen con un palo, echen a correr... Es una especie de baseball, supongo.

... Mucho: estar en la cola del supermercado con un chico delante que habla árabe por teléfono, una chica detrás que habla chino con su amiga, el cajero que te habla en francés y tú que respondes en spanglish. Hay tantas culturas diferentes juntas en Montreal que no te sientes demasiado extranjero.

... Mucho: las ardillas en los árboles al lado de la residencia, tan acostumbradas a la gente que ni siquiera escapan.

... Poco: el mapache que me encontré revolviendo en la basura una noche que volvía tarde a la residencia.

... Poco: el peligro de ser atropellada no solo por los coches, sino también por las bicicletas que, cuesta abajo, alcanzan velocidades vertiginosas -de hecho, a veces ponen multas a los ciclistas por exceso de velocidad.

... Ni mucho ni poco: sentir que tu estómago empieza a pedir la cena, mirar el reloj y ver que son las 18:30.

... Mucho: los camareros en los restaurantes, que vienen un poco después de servirte, te rellenan el vaso de agua y te preguntan si todo está bien y si te gusta la comida.

... Poco: los camareros que te preguntan inocentemente cuánto quieres de cambio y los que, cuando eres cutre con la propina, te miran con mala cara y susurran entre dientes que "la propina suele ser el 15%".

... Mucho: la gente que se pone pacíficamente en la cola del bus, sin que ni siquiera las señoras mayores se cuelen, al contrario que en cierto sitio que no voy a mencionar -porque los habitantes de Santiago se sentirían aludidos- en que las señoras mayores, y no tan mayores, le echan mucho morro cuando se trata de esperar al bus los días lluviosos.

... Mucho: la wifi gratis en todas partes: cafeterías, tiendas, calles, centros comerciales... Incluso los autobuses, tanto urbanos como interurbanos.

... Poco: la wifi del centro comercial Alexis Nihon, que no me deja entrar en mi propio blog porque dice que es una página web ilegal...

... Mucho: la señal al lado de mi residencia, que pide silencio por ser una zona residencial.

... Mucho: el sistema de reciclaje. Todo lo que se pueda reciclar se echa en un cubo y, lo que no, en otro. Luego ya se encargan de separarlo -así no te tienes que romper la cabeza con quince cubos diferentes en la cocina, pensando en si tienes que tirar algo al contenedor azul o amarillo.

... Mucho: los tíos buenos que salen del gimnasio que hay al lado de mi residencia sin camiseta. Y poco: los que lo hacen, pero deberían pasar más horas en el gimnasio antes.

... Mucho: la poutine y las queue de castor. Y  poco: la sensación después de comer una poutine o unas queue de castor.

... Poco: las guías de los museos y casi cualquier otro sitio cerrado o con mucha gente, porque lo primero que hacen es indicarte donde están las salidas de emergencia.

... Mucho: las barras verticales blancas, rojas y azules girando en las puertas de las barberías y peluquerías.

... Mucho: poder ir de excursión al monte, en pleno centro de la ciudad.

... Mucho: las torres que, si no lo son, poco les falta para llegar a rascacielos.

... Mucho: el efecto Phineas & Ferb. ¡Siempre hay algo que hacer en Montreal!

... Mucho: el ice capuchino del Tim Hortons.

... Mucho: la limonada del Tim Hortons.

... Mucho: los bagels de sésamo del Tim Hortons.

... Muchísimo -ya se nota-: el Tim Hortons.

... Poco: las farmacias que también venden paraguas -el Pharmprix- y los todo a cien que también venden patatas fritas, zumos y comida en conserva -el Dollarama. No hay ninguna razón en especial, pero me generan desconfianza.

... Mucho: la gente, que es casi siempre muy amable.

... Mucho: los rollos de masa que se compran en el súper, se cortan en rodajas, se meten en el horno y se convierten en cookies. Yo no los probé, porque una chica de la residencia hacía unas pocas todas las tardes y olían tan bien que me daba miedo engancharme yo también.

... Mucho: la tarta de zanahoria que se queda en Montreal, mientras que yo me traigo un par -o tres- kilos de más, y no precisamente en el equipaje.

... Mucho: los monjes budistas -al menos, son hombres calvos vestidos como fueran monjes budistas- que cenan en el McDonald's; te hace pensar que si hasta ellos pueden, no pasa nada si un día caes en la tentación de una McBistro -pan "artesano", pollo a la plancha sin rebozar, champiñones y queso fetta, junto con la sensación de hacer algo que no deberías... Cualquiera diría que si me pongo así por una hamburguesa, mejor no pensar en como estaría si atracara un banco.

... Mucho: pasear de noche en pantalón y manga corta.

... Poco: las zapaterías y otras tiendas. Es muy difícil resistirse a la tentación de comprar ropa hasta que la tarjeta de crédito pida papas.

... Mucho: la Rue Ste. Catherine, el boulevard de Maisonneuve y Avenue de McGill.

... Poco: cuando dices que eres española y te responden "¡Paela! ¡Tortila!" y luego se ríen como si fuera lo más gracioso del planeta.

... Mucho: esas calles tan largas que tienen su propia línea de autobús o metro -la 144 para Avenue des Pins, la verde para Rue Ste Catherine...

... Poco: cuando alguien no saca la basura en el momento y/o lugar apropiado. Simplemente la dejan ahí hasta que es el día de la recogida y le ponen una pegatina a las bolsas "echando la bronca" al dueño.

... Mucho: J walking. Me hace mucha gracia que tengan una palabra especialmente para decir "cruzar cuando está prohibido", pero aquí es tan común que supongo que la necesitan. No sé en que momento se les pasó por la cabeza que cruzar una calle de cuatro carriles cuando está prohibido puede ser medianamente normal, pero al final todo es cuestión de costumbre.

... Algunas veces mucho y otras poco: calcular los metros -o quilómetros- que quedan para llegar según el número de las casas, que indican la distancia en metros hasta el principio de la calle. Esto algunas veces anima y otras desmoraliza.


Así que con este sabor agridulce que dejan los hasta pronto -no digo adiós, porque estoy segura de que volveré en algún momento-, os dejo una foto que se me venía ayer a la mente cuando anoche caminaba de vuelta a casa para hacer la maleta, porque cuando la saqué me pareció que el sol se estaba despidiendo de la ciudad.







El efecto Phineas & Ferb

Cuando estuve en casa de Susan el primer fin de semana que pasé en Canada, sus hermanos pequeños preguntaron durante el desayuno que iban a hacer ese día. Empezaron a hablar de alternativas: ir de excursión, al cine, etc. Al final, decidieron ir al museo. A mí me pareció un poco raro, pero tampoco le di mucha importancia. Ahora sé que la mayoría de la gente aquí padece este mismo síndrome, que yo llamo el "efecto Phineas & Ferb". Es inconcebible pasar el sábado o el domingo por la tarde en casa; hay que buscar algo que hacer, como sea. Aquí tenéis un vídeo para amenizar la entrada y, de paso, conocer a estos dos personajes, si es que no os suenan:



Así que, para despedirme de la ciudad, hice una de las pocas cosas que aún no había probado pero que también es muy típico aquí: alquilé una bicicleta. En Montreal hay carril bici en muchas calles. Además, es una ciudad muy plana, así que se usa mucho la bici. Hay quien tiene la suya propia, pero mucha gente también las utiliza de alquiler. Existe un servicio, llamado bixi, que te permite empezar en un sitio y terminar en otro distinto. Funciona como un autoservicio: llegas, metes la tarjeta de crédito, retiras tu bici y luego la vuelves a colocar en la "estación" que quieras. La primera media hora es gratis, pero luego, a medida que se van sumando las medias horas, el precio va subiendo. Por eso, este servicio está muy bien para cortas distancias. Sin embargo, si tenemos pensado dar una vuelta más larga, existen numerosas tiendas donde se pueden alquilar bicicletas por media jornada, una jornada, 24 h, 72 h, etc. Existen muchas y los precios son prácticamente iguales, así que, a la hora de elegir, lo mejor es guiarse por la ubicación, para que sea lo más cómodo posible recogerla y entregarla más tarde. 

Yo hoy cogí el metro, fui hasta el mercado Atwater que, sorprendentemente, creo que es bastante parecido al de Santiago, y alquilé allí mismo una bicicleta. Dándole a los pedales en mi mega-chachi aparato de paseo, con lucecitas para señalar mi posición y el manillar alto para poder ir sentada y no tener que inclinarme, recorrí el parque que discurre paralelo al canal Lachine. Esta zona fue, originalmente, la piedra angular del comercio de pieles de la ciudad y, más tarde, aquí se asentó la zona industrial de la ciudad. Como tal, no es que sea el lugar más turístico ni más bonito de Montreal, pero el paseo es agradable. Si se continúa hasta el final del circuito se dejan atrás las naves y aparece una zona residencial de casas bajas, aceras anchas y jardines cuidados delante de la puerta. Parece un buen sitio para vivir. 

Había mucha gente que iba allí de paseo, ya sea caminando, en bici o patinando. Otros meditaban en la hierba, jugaban con sus perros, alquilaban canoas... Incluso vi una fiesta en un barco y una hamaca entre dos árboles que, si llego a saber que existía unos días antes, hubiera visitado más de una vez para una buena siesta.

En total, según la guía son 14 km. Al terminar no me sentí como su hubiera recorrido 28 km, así que, o bien hice algo mal, o bien la caminata de ayer por el Mont Royal me puso milagrosamente en forma, o bien los 14 km incluyen la ida y la vuelta.

Mont Royal

Este sábado Emily ya cogía el avión de vuelta a casa, así que el viernes fuimos a celebrarlo. Después de un buen pedazo de tarta, a la altura de la situación -ya era demasiado tarde, pero decidimos que si volvíamos a Montreal haríamos un tour para probar todas las tartas de la ciudad- bailamos hasta tarde. Por lo tanto, es de entender que a la mañana siguiente me levantara con calma, pasara directamente del desayuno a la comida y me dedicara básicamente a caminar media zombi hacia la calle en la que tengo internet y perdiera el tiempo un poco. 

Sin embargo, por la tarde, una vez que recuperé las fuerzas, agarré la cámara de fotos, la gorra y la mochila y fui a dar un paseo por Mont Royal. Cuando te encuentras en pleno centro, sobre todo en la ancha avenida McGill, y miras hacia arriba, ves que los altos edificios se interrumpen de repente a los pies de una gran montaña a la que parece que le han cortado la cumbre. Cuando miro hacia Mont Royal, me parece más bien una meseta que una montaña, aunque con una altura que no es nada desdeñable, porque después de subir y bajar, además de echar en falta un buen calzado deportivo, necesité una cena contundente y unas cuantas horas de sueño para sentir que mis piernas podían sostenerme de nuevo sin riesgo de caer al suelo.  

En las faldas de Mont Royal se extiende un parque diseñado por Frederik Law Olmsted, el arquitecto de exteriores que también diseñó el Central Park de Nueva York. Este parque, inaugurado en 1876, es un sitio muy popular entre los ciudadanos de Montreal. Mucha gente viene a hacer deporte o a pasar el rato y, al lado de Avenue du Parc los domingos hay conciertos de tam-tam. En el laboratorio había dos aficionados al esquí de fondo que, en invierno, cogían unos esquís y venían de excursión. Si uno se aleja de los caminos preparados y se decide a subir a la cima, se encuentra con que es una zona escarpada. Algunas zonas no son accesibles porque están reservadas como espacio protegido para ciertas especies de pájaros. 

El chalet Mont Royal es un impresionante edificio que por dentro está casi vacío, de forma que se pueden observar los murales de las altas paredes que relatan la historia de Montreal. Desde la terraza se observa una impresionante vista de la ciudad con las torres, el río y las islas. 

En lo alto del monte se puede apreciar, si estás lo suficientemente lejos, una cruz construida a principios del s. XX que conmemora el día 6 de enero de 1643, cuando el señor de Maisonneuve -el fundador de Montreal-, cumplió su promesa de llevar una cruz de madera hasta lo alto de la montaña si la ciudad sobrevivía a una inundación. 

Hacia la ladera norte se encuentran los cementerios de Mount Royal y de Notre-Dame-des-Neiges. El primero es el más antiguo -de hecho, uno de los más antiguos de Norteamérica. El segundo es el más actual. Según mi guía, en estos cementerios se pueden ver más de 145 especies de pájaros, así como árboles centenarios. Tampoco pude el oratorio de St. Joseph, que destaca por su gran cúpula -solo la de la basílica de San Pedro, en Roma, es más alta que ella. Por las fotos que vi, hubiera sido interesante acercarse hasta allí, pero creo que quedará para el siguiente viaje a Canada. 

De vuelta a la civilización, solo me quedaron energías para comer y dormir. Un consejo por si alguien se decide a darse una vuelta por allí: se disfruta muchísimo más con calzado deportivo, ropa fresca y agua. Yo llevaba un botellín que enseguida se calentó -como envidio en esos momentos las cantimploras que todo el mundo tiene por aquí- y unas chanclas como las de la playa. Para subir no hubo ningún problema, pero bajar se me hizo cuesta arriba. 

Comer en Quebec


Esta semana es un poco extraña; después de casi un mes aquí, tengo que pensar en empezar a despedirme de la gente, devolver tarjetas de identificación y llaves, recoger fianzas y no comprar comida que no me vaya a dar tiempo de terminar. Así que, al final, tocará comer en restaurantes. Sin embargo, esto nunca está de más: en algún momento hay que conocer la gastronomía de la zona.

Para empezar bien el día hay que tomar un buen desayuno. Ya sabéis que lo del brunch aquí se lleva mucho; si os acordáis, el sábado pasado Emily y yo probamos el Eggspectations y estuvo genial. Sin embargo, durante la semana es mejor empezar con un café y un bollo. El rey de la bollería en Montreal –y supongo que también en todo Quebec- es el bagel. Vale para todo: desayuno, comida y merienda. Hoy en el laboratorio los probé con queso crema y salmón ahumado y han entrado en el top ten de mi lista de comidas. A mí me gustan los que llevan semillas de sésamo; son ligeros pero con una chispa. Dicen que en FairmountBagel hacen los mejores bagels de todo Montreal. Como yo no he probado los bagels de todo Montreal no puedo confirmarlo, pero sí que están buenos.  

En el laboratorio bastante pronto, así que puedo cenar temprano y tomar algo ligero más adelante. Pero a veces también está la opción de tomar una suculenta merienda, como ocurrió la semana pasada. Como no era ni tarde ni temprano, Emiliy y yo fuimos a dar una vuelta y, de paso, nos dirijimos a la Rue de la Commune, que discurre paralela al puerto. Allí comimos una “cola de castor” –Beaver Tail o Queue de Castor, según con quien hables- con sirope de arce, en un sitio que podría definirse como el McDonald’s de las beaver tails y que, de hecho se llama exactamente así: Beaver Tails pastry. Se trata de una masa parecida a las de las orejas de carnaval, que se fríe y queda con una forma que recuerda a las colas de castor, de ahí el nombre. El sirope de arce es bastante dulce y, como en estos sitios tampoco sirven el de mejor calidad, resultó más bien empalagoso. De toda formas, había que probarlo y, de hecho, el jueves también nos encontramos en una situación parecida y fuimos a por otra, pero esta vez con helado y migas de oreo por encima; esta vez también terminamos sudando azúcar, pero estaba espectacular.



Pero si hemos tenido un día duro y queremos recuperar fuerzas con una cena en condiciones, con platos y cubiertos, nos vamos de restaurante. Montreal tiene tantas variedades de restaurantes como de culturas, por lo que podemos elegir entre restaurantes chinos, mexicanos, tibetanos, vegetarianos, indios, etc. Pero es imprescindible probar el plato típico de Quebec: la poutine. Esta consiste en patatas fritas acompañadas de salsas, quesos, verduras, carne, etc. Si se compra una poutine para llevar en cualquier sitio, hay que tener cuidado si no quieres terminar empachado, porque es una comida bastante pesada. A mí me gustó Poutine Ville, un restaurante en el que puedes elegir la poutine a tu gusto: decides que salsas, quesos y demás acompañantes quieres para las patatas.

Y después de esta cena, un paseo para hacer la digestión, una copa en cualquier bar –en Montreal hay un montón de buenos sitios donde tomar algo por la noche- y nada más, porque hay que hacer sitio para el bagel de mañana. 

La basílica Notre Dame

Esta semana, nada de excursiones alocadas. Es hora de sentar la cabeza, así que me propuse aprender un poco de historia. 

No es que esté loca o que me haya olvidado de tomar la pastilla, es que el martes, al salir del laboratorio fui a ver el espectáculo de luz y sonido que hay en la Basílica Notre-Dame de Montreal, que narra la historia del nacimiento de la ciudad de Montreal y de la construcción de la Basílica. A los lados de la nave principal cuelgan telas blancas y se proyectan diferentes vídeos, al tiempo que la voz del espíritu de James O'Donnell, el arquitecto, cuenta cómo la ciudad pasó de Ville-Marie a Montreal y como la pequeña capilla de madera que se construyó en 1672 pasó a ser la Basílica de Notre-Dame. La verdad es que no es una historia muy interesante; en resumen, se fundó Ville Marie cuando llegaron los primeros franceses y construyeron la capilla. Después, la aldea fue creciendo poco a poco hasta convertirse en ciudad, de forma que la capilla fue sustituida, respondiendo al incremento de habitantes, por otra más grande anexa al hospital y, finalmente, se decidió construir Notre-Dame. No hay giros ni aventuras, más allá de las dificultades que se encontraron los colonos para sobrevivir en los duros inviernos y un roce que hubo con los indios al principio, aunque no debió de ser muy importante. Después de aprender un poco de historia, tuvimos unos minutos para observar con nuestros propios ojos los complicados adornos en madera y las vidrieras, que representan la historia que acabábamos de escuchar.  


Cuando terminamos, volví rápidamente a casa para volver a estudiar, pero esta vez algo más importante; al día siguiente haría una presentación sobre el proyecto en el que estuve trabajando estas semanas -que al final fue bien, por si os interesa saber el final de mi propia historia particular. 


Cataratas Montmorency

Ya se sabe que el desayuno es la comida más importante del día y, como os conté el fin de semana pasado, aquí se lo toman en serio y desayunan tanto que luego no les hace falta comer. Así que siguiendo el ejemplo local, el domingo nos despertamos y fuimos a tomar un brunch en un sitio muy agradable que quedaba justo enfrente del albergue. Después de un huevo con espinacas y crema holandesa, tostadas con mantequilla y mermelada, un zumito de naranja recién exprimido y un poco de fruta, nos levantamos a regañadientes de la mesa y abandonamos la terraza en la que disfrutamos de este suculento banquete. 

A tan solo cinco minutos a pie quedaba la parada del autobús que nos llevaría a nuestra siguiente -y última- excursión en Quebec city: las cataratas Montmorency. Se tarda aproximadamente 40 minutos en llegar desde el centro de la ciudad en el bus urbano. Aunque no son tan conocidas, son 30 m. más altas que las catacataratas de Niágara, con un total de 83 m. de altura.  Existen escaleras para subir y bajar semejantes alturas pero también hay un funicular para subir. 

Cuando bajas del autobús, te encuentras en una calle residencial, con casas familiares a los lados y una gasolinera enfrente. Existe un camino de tierra que se entierra entre los árboles y, recorriéndolo, se escucha un río a la izquierda, aunque no se puede ver nada porque la vegetación es muy espesa. De repente, te encuentras al lado de un puente, los árboles desaparecen y delante de ti solo está el gran Río Montmorency que cae formando una pesada cortina de agua. Es impactante porque, sin esperarlo, el sonido del río se convierte en un fuerte estruendo. Cruzando el puente, se llega a un parque y, nuevamente, cuando el camino hace un giro, de pronto dejas de escuchar las cataratas y te encuentras en un pacífico silencio. Bajamos por las escaleras y luego volvimos a subir. Es impresionante como la propia caída del agua genera un viento que amenaza con llevarte volando si no te agarras bien a la barandilla. 




Aunque hacía un día estupendo para dar un paseo, y algo así es digno de ver en cualquier circunstancia, también en invierno habría sido una bonita excursión ya que, con el frío, el vapor de agua que se levanta se queda congelado. Así, se forma el llamado "pan de azúcar", una especie de montaña de hielo al pie de estas cataratas. Aquí era donde las señoritingas de la alta sociedad, en tiempos de los primeros colonos, venían a tomar el té; hoy en día es un sitio popular para hacer escalada. 

Al final, regresamos al centro y fuimos al albergue a buscar nuestras mochilas. Nos habíamos quedado a dormir en el Albuergue Internacional de Quebec. Es un sitio bueno -para unas pocas noches- y barato. Creo que tiene varios tipos de habitaciones, pero nosotros cogimos la más económica, así que dormimos en unas literas junto con otras 10 personas. De todas formas, como los espacios son muy amplios, no te sientes como en una lata de sardinas. Los baños están limpios y cuidados y son modernos. Además del comedor, también tienen una cocina que cualquier persona que duerma en el albergue puede utilizar. Tiene wifi gratis en las habitaciones y una sala de ordenadores. Además, queda céntrico, cerca de las murallas y del parlamento, pero dentro de la zona antigua. Como no necesitamos reponer fuerzas después del ascenso por las interminables escaleras de las cataratas, porque ya habíamos cargado las pilas anteriormente, fuimos a la estación de autobuses y volvimos a "casa". 

Quebec city



El sábado me levanté temprano para estar en la estación de autobús a las 06:55 de la mañana aunque, con la perspectiva de una excursión a Quebec city, no me costó nada levantarme en cuanto sonó el despertador. Hay autobuses cada hora entre Montreal y Quebec: los de ida salen a las en punto, empezando a las 06:00 de la mañana, y los de vuelta a las y media, empezando también a la misma hora, aproximadamente. Como se trataba de madrugar, no de ir sin dormir, decidimos coger el segundo autobús, que salía de Montreal a las 07:00 de la mañana.

Una vez en Quebec, desde la Gare du Palais nos dirigimos el albergue para dejar las mochilas, y ya de camino fuimos haciéndonos una idea de como es la ciudad. La parte histórica se encuentra en una colina, de forma que las calles son casi todas en cuesta. Además, es cierto lo que todo el mundo dice: Quebec es la ciudad más europea de Canada.

Por la mañana nos dedicamos a recorrer la parte antigua de la ciudad, que se encuentra dentro de los límites de la antigua muralla, de 4,6 km de largo -Quebec es la única ciudad que queda fortificada al norte de Mexico. Comimos en el mercado que hay cerca del puerto y, de postre, aproveché y me compré un vasito con arándanos. Es una maravilla ir por ahí y, cuando tienes hambre, comprar unos pocos arándanos o frambuesas; aquí son tan abundantes como las palomitas en los cines. Existe un paseo a lo largo del mar, que comienza al lado del Château Frontenac y discurre al lado de la Citadelle, desde el que se puede ver la otra orilla del río St. Lawrence.




El Château Frontenac es un lujoso hotel construido a finales del s. XIX. En sus fachadas se suceden torres de diferentes alturas y tamaños, rodeando una altísima torre central que fue añadida con posterioridad, dando la impresión, en conjunto, de estar ante un castillo de las película. En los sótanos del hotel, a los que incluso los turistas que no se alojan aquí pueden acceder, se encuentran tiendas de souvenirs, ropa y un Starbucks; estas galerías son dignas de ver, con su iluminación tenue, las paredes en mármol y las puertas y escaparates enmarcados en madera pintada de verde.

La Citadelle, a donde fuimos por la tarde, es una fortificación construida intramuros, en la parte este del Viejo Quebec. Tres datos curiosos sobre ella: tiene forma de estrella, tardaron más de 30 años en construirla y –atención, este es mi preferido- se le conoce como el Gibraltar de América. En condiciones normales hay que pagar por ver la Citadelle por dentro. Se puede visitar cono un guía la residencia del Gobernador, que está repleta de obras de arte canadienses y muebles de la época y se centra más en mostrar el papel que este personaje tenía en la Canadá de hace unos siglos. Si no, existe la opción de visitar, también con un guía, la estructura de la Citadelle, con explicaciones orientadas más bien a la historia militar de la ciudad. La verdad es que yo tenía la intención de visitar la residencia del Gobernador, pero al entrar nos dijeron que había una representación de baile contemporáneo, inspirada en “lo militar”, que comenzaba en el interior de la Citadelle y luego se trasladaba a la zona del Parlamento. Como soy estudiante, todavía tengo todo el derecho del mundo a ir por el mundo en plan mochilero -o cutre, según se mire-, con lo mínimo, así que, con el pretexto de la representación de baile, pudimos entrar en la Citadelle y verla por dentro totalmente gratis. No pude entrar en los edificios donde se encuentran las exposiciones, etc. pero me conformo. A Emily le gustó mucho el baile, a mí no me dijo nada; supongo que tengo la misma sensibilidad para el arte contemporáneo que un bloque de cemento enterrado bajo una gruesa capa de hormigón armado. Así que, después de contemplar un poco el espectáculo, me dediqué más bien a observar los edificios, los jardines, las vistas…

Después de media hora, los bailarines se pusieron en fila y, desfilando con grandes banderones azul turquesa, salieron de la Citadelle y se dirigieron a Parlament hill, es decir, la colina del Parlamento que, aunque es un edificio muy bonito, no pudimos verlo en todo su esplendor porque estaba en obras. Allí, enfrente de la impresionante fuente Tourny Fountain, terminó la actuación. La verdad es que, con los 30 ⁰C que hacía, el sol cayendo a plomo y los trajes de manga larga y gruesas botas que llevaban los bailarines, bien se merecían un buen aplauso, aunque solo fuera por el esfuerzo. Pero había llegado el momento de continuar por nuestra cuenta, así que nos dimos una vuelta por la zona. Había muchísima gente, porque justamente este sábado Roger Waters, "el ex maestro del grupo Pink Floyd", que se despedía de los escenarios con un concierto en el centro de Quebec. Rodeamos la multitud y nos encontramos justo al lado del parque de la Francophonie, en la calle Grande Allée. En ella, después de la zona de los edificios altos de oficinas, se encuentran unas casas victorianas que justifican el que, en su tiempo, fuera la calle más chic de la ciudad. Bajamos hasta el Gran Teatro de Quebec –un edificio bastante feo, de cemento gris y ángulos afilados-, al lado de cual se encuentra el parque de l’Amerique Française, en honor a todos los francófonos que residen en América del Norte. Llegados a este punto, tengo que aclarar, para los que no lo sepan, que Quebec es el bastión del francés en Canada. Seguimos caminando y pasamos al lado del Edificio Marie-Guyart, la sede del ministerio de Educación en el que se encuentra, en su planta 31, un observatorio desde el que se puede ver la ciudad completa. La verdad es que no subimos porque es un poco caro y, desde les Plains d’Abraham, se pueden observar también unas vistas magníficas de la ciudad.



Les Plains d’Abraham (Battlefields Park) es un parque situado en donde, a medidados del s. XVIII, tuvieron lugar los enfrentamientos entre ingleses y franceses. Se puede visitar caminando, en bus y, en invierno, haciendo esquí de fondo. Es uno de los parques urbanos más grandes del mundo –tiene 103 hectáreas-y se extiende sobre una loma desde la cual se pueden ver las modernas torres, las buhardillas de los antiguos edificios Quebecois, la Citadelle, el río St. Lawrence… Hay un montón de actividades, especialmente en invierno –incluso snowshoeing que, según entendí, consiste en caminar con raquetas de nieve en los pies siguiendo a un guía.

A continuación, exhaustas, regresamos al albergue para ducharnos y, sin perder un minuto, cenar e ir a un espectáculo gratuito que ofrece el Circo del Sol cada sábado. Nos encontramos con un problema técnico, y es que no sabíamos exactamente a dónde teníamos que ir para verlo. Sin embargo, fue fácil distinguir a una hilera de gente que se dirigía toda al mismo sitio. Así que, ya que por la mañana habíamos caminado detrás de un grupo de gente con banderas azules, nos unimos dócilmente a este rebaño de ovejas. El sitio estaba a rebosar, y no era para menos, porque el Circo fue realmente increíble. Yo ya había visto el Circo del Sol cuando habían venido a Santiago hace un par de años y, aunque fue la mitad de tiempo que entonces, las actuaciones no fueron menos impresionantes: trampolines, aros, acrobacias en el aire, en el suelo… Incluso hubo un número con bicicletas y cuerdas de saltar. La verdad es que no existen palabras para describirlo; hay que ir y verlo. Los colores chillones propios del circo tradicional, música en directo con guitarras eléctricas le daban el toque actual, acrobacias imposibles que desafiaban la ley de la gravedad, baile, risas… Una cucharadita de blanco y otra de negro, una pizca de purpurina, un buen puñado de colores, un abundante chorro de rock, un toque de salsa –de la que se baila, no de la que se come- y, como le gustaba a James Bond, agitado pero no revuelto, sale un Cirque du Soleil Martini.

El menú de hoy nos había dejado agotadas: un madrugón de entrante, una caminata como plato fuerte y, de postre, hora y media de pie sin moverme. La guinda del pastel fue encontrar a Wally tocando la guitarra en la calle, solo que se había olvidado las gafas, el bastón y demás trastos en casa. Aunque, si tuviera que ponerle una pega al día de hoy, diría que había demasiada gente –a veces era imposible sacar fotos-, muchas obras y que, a causa del concierto, por todas partes se veían vayas y gradas que afeaban un poco el ambiente vintage y un tanto bohemio de la ciudad.


Viernes de vértigo



Si hay algo que caracteriza Montreal y, en general Canada, son las sorpresas. Cuando sales por la puerta, pensando que vas a tener un interesante fin de semana de excursión en Quebec, te topas con alguna actividad o espectáculo con el que en un principio no contabas, pero que bien merece ser incluido en el plan.




El viernes, sin ir más lejos, Emily y yo fuimos a dar una vuelta por el Quartier des Spectacles, básicamente porque siempre hay algo que ver allí por la noche. Nos encontramos con que, además de conciertos, gigantes, globos enormes con forma de persona, iluminaciones en los edificios y muchos puestos de artistas y comida, había una plataforma que subía gracias a una grúa, se quedaba unos minutos a una distancia considerable del suelo y luego bajaba a tierra firme. Nos acercamos, y resulta que, en condiciones normales, es una mesa para tomar un tentempié en las alturas pero, con ocasión del festival, podías subir gratis. En teoría había que participar en un concurso mandando un mensaje de texto, pero como teníamos móviles extranjeros y no iba a funcionar, pusimos cara de pena y nos dejaron subir cuando vieron que había sitios libres. Ascendimos a 100 pies, lo que en Europa vienen a ser 30 metros y medio. Una altura considerable para observar la magnífica de vista de Montreal iluminado por la noche, el Quartier des Spectacles vestido de colores y tomarse unas palomitas a cuenta de la organización. Íbamos sentados en sillones muy cómodos, bien sujetos con cinturones por todas partes, para poder rotar y ver lo que quisiéramos en todas direcciones.

Menos mal que antes nos habíamos tomado unas generosas copas en un restaurante mexicano muy popular que hay en el Quartier Latin. Habíamos intentado ir allí más de una vez, pero siempre había colas quilométricas. Así que, en esta ocasión, fuimos pronto y armadas de paciencia, aunque al final no hizo falta porque, como deberíamos haber previsto por la Ley de Murphy, pudimos entrar y sentarnos sin tener que esperar. El mojito que tomé yo estaba muy bueno, pero lo realmente espectacular es la copa en la que trajeron el Margarita para Emily. Si hubiéramos ido con sed, podríamos haber tomado una copa doble, pero somos unas señoritas y con el tamaño pequeño nos basta.

Después de esta experiencia, no apta para personas con vértigo y/o vestidas con tacones –en la plataforma, a mi lado, había una chica que se pasó todo el viaje sujetando sus brillantes zapatos para que no se le cayeran; al menos no debió de tener vértigo, ya estaba acostumbrada a las alturas-, nos fuimos a casa para acostarnos temprano, ya que a la mañana siguiente nos esperaba un madrugón para coger el bus hacia Quebec city.

De regalo, os dejo la canción que le gusta cantar a un chico aquí en la residencia cuando se hace el desayuno. Desde mi habitación, que queda al lado de la cocina, lo oigo por las mañanas y no sabría decir si alguna vez encontrará un hueco en el mundo de la música, pero al menos le pone sentimiento. 

Un día normal y corriente

Hasta ahora todos los días os contaba alguna excursión que había hecho o algo nuevo que había visto, pero hoy, para romper la rutina, os voy a contar cómo es un día normal y corriente. 

Normalmente tengo que estar en el laboratorio a las 09:30 de la mañana. Como más o menos me lleva 30 min. llegar, suelo levantarme temprano, a las 07:00 o 07:30 -depende de la pereza que tenga encima- para desayunar con calma, darme na ducha y todas esas cosas anodinas que hace la gente normal por las mañanas. Yo aquí sigo desayunando zumo, yogur, galletas con café... Cosas normales, pero mis compañeros en la residencia toman desayunos más potentes. El problema es que son cosas tan raras que no sabría decir ni lo que son. Sus neveras están llenas de salsas en botes, y por la mañana cogen una caja de algo -no tengo ni la más remota idea de que puede ser- lo mezclan con salsa, lo ponen en el microondas, y el desayuno está servido. Después toca hacer la comida, y en eso sí que coincidimos un poco más: una fruta, un sandwich y una botella de agua. 

Yo voy desde la residencia hasta el laboratorio en autobús, aunque otros usan el metro y un gran porcentaje de gente, en comparación con Santiago, vienen en bicicleta. Montreal es una ciudad bastante plana, con carriles bici incluso en pleno centro, donde el tráfico está más loco. Hay mucha gente que coge la bicicleta por las mañanas; puedes ver a ejecutivos con traje y corbata, estudiantes que van a clase, etc.

En el laboratorio se trabaja desde las 09:30 sin prisa pero sin pausa. Todos llegan y saben lo que tienen que hacer, excepto yo, que como estoy medio de extranjis, medio provisional, normalmente no tengo nada que hacer al empezar el día y me van surgiendo las tareas a medida que pasa el tiempo. A las 12:00 - 12:30 la gente empieza a parar para comer. Yo saco mi sandwich, mi fruta y mi botella de agua. Ellos, que tienen más experiencia, traen toda clase de cosas que se pueden comer rápido: burritos, tortas, pan de pita, pizza, etc. Hay quien se trae un verdadero banquete y empieza a sacar tuppers y tuppers de comida. En el laboratorio hay un microondas, vajilla y cubiertos, así que si quieres también se puede comer en plan tradicional. A eso de la 1:30 se acaba la hora de la comida y todos volvemos al trabajo. 


Es curioso que, tanto durante la mañana como durante la tarde, se están preparando cafés y tés todo el santo día. Como en las películas americanas, tienen un gran termo -los hay especiales, que traen incorporado un filtro para el té y así ya no tienes que prepararlo de antemano- y se pasan todo el día bebiendo. Después, cuando salen de excursión -empecé a intuirlo hace tiempo, pero lo confirmé el día que fui a la Ronde- llevan siempre botellas de agua como las de los ciclistas. Son unos bebedores empedernidos. Durante la semana, por la mañana todos los que van en el bus o en el metro llevan su bolso de mano y, a mayores, una bolsa con la comida. Yo ya me he hecho experta en imaginar que llevan de comer por la forma de los bultos. 

Solemos terminar sobre las 16:30; de nuevo, cada uno termina lo que está haciendo y se marcha. Lo que ocurre entre las 16:30 y las 22:00 es un misterio para mí. Hay quien queda con sus amigos, quien se va a su casa a hacer cosas pendientes, quien va a practicar algún deporte, clases de música... Lo que sea y, si no hay nada que hacer, enseguida se busca algo. Para mí, es el momento de hacer turismo o bien ir al supermercado. Parece una tontería, pero no puedo hacer las dos cosas en la misma tarde. Ahora ya voy siendo más profesional en esto de hacer la compra, pero al principio me pasaba horas en el supermercado -en vez del Gadis, voy a IGA- intentando encontrar lo que buscaba. Además, normalmente salgo del laboratorio y, para cuando llego a casa, estoy hambrienta, porque son normalmente las 17:00 pasadas y no he comido nada desde mediodía. Así que me hago una cena y, cuando mi estómago se apacigua, me voy por ahí a bajar la comida. 

A eso de las 22:00 ya son horas de retirarse y volver a casa; en la ciudad se hace de noche, empiezan a encenderse las farolas, los restaurantes se van vaciando, hay menos tráfico... Andrea se va a cama y pone el despertador para el día siguiente. A soñar con batas blancas, cámaras de fotos y sandalias con calcetines!

El centro del centro de Montreal


Después de un sábado tan intenso, el domingo fue un día tranquilo, para recuperar las fuerzas antes de un nuevo lunes –aunque en Canadá usan millas en vez de quilómetros, comen a las 12:00 en vez de las 15:00 y se descalzan al llegar a casa porque prefieren limpiarse los pies que limpiar el suelo, los lunes también son el peor día de la semana.

En la Rue Ste. Catherine había un mercado, así que empecé curioseando un poco. No era un mercadillo al uso, sino que eran las propias tiendas de los centros comerciales las que ponían los puestos en la calle, de modo que había marcas caras mezcladas con sus imitaciones. También había espectáculos cada poco, y hasta una exhibición de coches antiguos, con un antiguo camión de bomberos. Ya os había hablado en otra ocasión de esta calle, ya que sus 15 km recorren Montreal de este a oeste. Es tan larga que incluso tiene una línea de metro para ella sola, la línea verde, con nueve paradas en total.



Llegué a Dorchester Square, que está justo al lado de Place du Canada, de forma que parecen una sola plaza en lugar de dos diferentes. En un principio, entre 1799 y 1854, fueron el cementerio católico de Montreal. Aproveché y, en la oficina de turismo, pedí una guía de Quebec-city, a donde iré el siguiente fin de semana –así que os esperan dos largas entradas para los próximos sábado y domingo. Me gustó mucho como atienden en la oficina de turismo –hasta había una chica solamente para ayudarte a sacar el ticket para ponerte en la cola-, no se dejan nada en el tintero y las guías son realmente buenas. Saliendo de la oficina, a mano izquierda queda el edificio Sun Life building, que durante mucho tiempo fue el más grande del “Imperio Británico”. En su interior guardó las joyas de la Corona Británica y las reservas de oro de varios países europeos durante la II Guerra Mundial.

Seguí caminando por la avenida McGill College, en donde también se encuentran gran cantidad de tiendas y de cafeterías con terrazas. En el número 1981 –no entiendo por qué, pero todos los números en Montreal tienen cuatro cifras- se ve una impresionante fachada de cristal, en la puerta de la cual se encuentra una escultura denominada The Illuminated Crowd, de Raymond Mason. Seguí hacia arriba hasta llegar a las puertas de entrada del campus de la Universidad McGill. Resulta que un tal James McGill era un comerciante de pieles nacido en Glasgow, Escocia, fue quien donó los terrenos y fondos para construir el campus. Aquí me entretuve un poco en el museo Redpath. Es un museo de historia natural, pequeño pero interesante, en el que se puede aprender, como su propio nombre indica, la historia de la naturaleza: la formación de la Tierra, los primeros seres vivos, los dinosaurios, los animales, las civilizaciones antiguas, etc. Tiene un montón de cosas interesantes presentadas de forma que no se hace nada aburrido.

Luego bajé hasta el centro, de nuevo, para ver el Bell Centre. Es el estadio donde se juegan los partidos de los Montreál-Canadiens, un equipo del que parece ser que se sienten muy orgullosos las masas de Montreal, porque es muy bueno en el deporte nacional: el hockey sobre hielo. En el Bell Centre hay un salón de la fama, en el que conservan fotografías y objetos de los jugadores más importantes de Montréal-Canadiens. Yo no entré porque no soy la seguidora más ardiente del hockey sobre el planeta, así que preferí seguir con mi cámara en la mano y apretar el paso, porque se avecinaban unos nubarrones negros que me daban mala espina.

Empezaron a caer las primeras gotas cuando me dirigía hacia la St. George’s Anglican Church que, además de ser interesante por fuera, dicen que lo que más vale la pena es su interior decorado en madera y seda de Damasco traída de la Abadía de Westminster en honor de la coronación de la Reina Isabel II. Contado así parece un cuento para niños y, como intenté entrar pero las puertas estaban completamente selladas con grandes cerrojos negros, me quedé con esa impresión. Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, en un reino muy, muy lejano, en el centro de Montreal, una iglesia mágica, construida en madera y seda de Damasco… Y entonces empezó a caer una tromba de agua tan fuerte que la iglesia desapareció delante de mi vista tras un telón de agua, y a mi lado ya solo había coches, semáforos y luces de oficinas.

Eché a correr porque, aunque había una estación de metro enfrente, todavía me quedaba algo por ver: la catedral Christ Church. Es bastante impresionante, con sus grandes cúpulas rodeadas de torres de negocios. Al lado hay una plaza dedicada a Raoul Wallenberg, un Héroe de la Humanidad, que salvó a miles de judíos de los campos de concentración durante la II Guerra Mundial.

Al salir de la Catedral ya eran horas de retirarse, así que cogí el metro, regresé a mi habitación y dormí hasta el día siguiente. Ahora ya no sé si parte de lo que recuerdo es real o lo soñé pero, quitando acontecimientos extraños, personas haciendo cosas más raras de lo normal y ajustando la historia a las leyes de la física, creo que esto es lo que os podéis encontrar aún hoy si camináis por el Downtown de Montreal.